El difícil arte de ponerse unos pantalones dos tallas menor.

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Todos han intentado alguna vez ponerse unos pantalones dos tallas menor de lo que tocaría, lo mismo por orgullo malherido, que por intentar estilizar su figura al instante, y de paso olvidar la cruda moral de celebrar todas la noches la última cena, –siempre a base de vitaminas T; tortas, tacos, tamáles y tlacoyos–, sin terminar después en un madero.

Es cierto, cada cual nace con un cuerpo que a base de voluntad puede llegar –si lo desea–, a moldear según su gusto, pero la solución no es por ello, ponerse un pantalón dos tallas menor de la que somos, porque en ese mismo instante comienzan los problemas.

Y es que aunque parezca cosa de mentira, todo comienza con una simple idea en mente: ¡Si me quedan! Misma que, aunque parezca inocua, generalmente no para hasta que todo termina en tragedia, con un botón disparado sobre el ojo de algún fortuito desprevenido o algún cristal estrellado producto del esfuerzo hecho en la maniobra.

Lo peor, la cosa no es sólo cuestión de unos cuantos obsesivos enajenados por su peso o figura, antes bien, tanto hombres como mujeres, jóvenes o viejos, participan por igual de la manía por intentar meter su desbordante sensualidad en espacios reducidos.

Con toda seguridad, alguna vez habrás visto a una tía, hermana, amigo o conocido sufriendo durante minutos para ponerse unos pantalones, algo que si bien no debiera tomarles más de un par de segundos, se vuelve una autentica tortura. Así que advertido, si tardas más de un minuto en ponerte unos pantalones, no son de tu talla, y es necesario buscar otra.

Entonces saldrán frases o pensamientos como: “En esa marca todas las tallas vienen reducidas”, “que raro, seguramente se encogieron al lavarlos”. Pero seamos sinceros, para el caso cuando se llega a tales extremos, con toda seguridad, lo único que habrá disminuido es nuestro sentido del ridículo como para estar por ello, dispuestos a intentar lo imposible.

Todo el mundo conoce las distintas técnicas existentes para oprimir hasta límites insospechables nuestro organismo, con tal de introducirnos en un pantalón que no es de nuestra talla, desde la típica estrategia de acostarse en una cama para poderlo abrochar, hasta el uso de fajas que no hacen otra cosa que hacernos parecer embutidos, o jamones mal amarrados, pasando por el clásico uso de todo tipo de aditivos entre talcos, grasa, mantequilla o lubricantes.

Cuando se trata de sanar el orgullo, nuestra imaginación no tiene límites. Todo sea por terminar caminando –cuando se lo consigue–, cual charrito cantor o torero, tratando de no respirar –y contener hasta el alma–, porque se sabe que si lo haces, el botón del pantalón podría salir disparado, y ni que decir de intentar siquiera, doblar las rodillas para recoger nuestras pertenencias si algo cae al piso.

En última instancia, si no se logra enfundarse en unos pantalones dos talla menor de la que toca, y aun así se persiste en la necedad de intentarlo, siempre queda la posibilidad de usarlo debajo de la cintura, que disque a la cadera, dejando traslucir ese recoveco que se forma al final del coxis, justo antes del nacimiento del derrière, cual sí trabajador de la construcción se tratara.

De cualquier modo, ponerse unos pantalones dos tallas menor, será apenas la mitad del problema, la otra mitad con toda seguridad, vendrá cuando intente quitárselos. Entonces tal vez sea necesario llamar a emergencias para proceder con la maniobra.

El Hombre Muerto
@aguileradt

 

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