El Radar por
Jesús Aguilar
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La política tiene una vieja costumbre: cuando no sabe qué hacer con el presente, idealiza el pasado. Promete “volver” a tiempos mejores, aunque esos tiempos nunca hayan sido tan buenos para la mayoría. Pero 2026 llega con una advertencia clara: ya no hay pasado al cual regresar. El mundo cambió, la sociedad cambió y los problemas son otros. Quien no lo entienda, simplemente quedará fuera de tiempo.
Estamos frente a un cambio de paradigma. No es una moda ni una consigna académica: es una realidad que se impone desde lo global hasta lo local, y que exige otra forma de ejercer el poder.
Un mundo más duro, más desigual… y más consciente
A nivel mundial, 2026 se perfila como un año incómodo. Guerras abiertas y silenciosas, crisis climática, migraciones forzadas, economías tensas y democracias frágiles. El planeta vive con miedo, pero también con mayor conciencia de sus límites.
Los discursos autoritarios crecen porque ofrecen soluciones simples a problemas complejos. El problema es que esas soluciones casi siempre excluyen, señalan culpables y recortan derechos. Hoy queda claro que gobernar no es gritar más fuerte ni prometer orden a cualquier costo, sino hacerse responsable de las consecuencias.
Los países que avanzan no son los que miran atrás con nostalgia, sino los que entienden que sin igualdad, sin derechos humanos y sin inclusión real, no hay estabilidad posible.
México: el riesgo de creer que ya se hizo todo
México entra a 2026 con una gran contradicción. Por un lado, tiene una oportunidad histórica por su peso internacional y su ubicación estratégica. Por el otro, arrastra problemas que no se resolvieron con discursos: violencia, desigualdad, instituciones debilitadas y una profunda desconfianza ciudadana.
Aquí el mayor riesgo es la autocomplacencia. Pensar que el cambio ya ocurrió y que solo queda administrarlo. Nada más peligroso. La democracia no se conserva sola y la justicia social no se decreta.
La perspectiva de género sigue siendo tratada como adorno, no como eje de políticas públicas. Los derechos humanos se mencionan, pero muchas veces se estorban. Y la transparencia se promete, pero se esquiva. En 2026, esa simulación empieza a pasar factura.
San Luis Potosí: el espejo incómodo
San Luis Potosí no es una excepción: es un reflejo. Crecimiento económico sin planeación, decisiones concentradas, desgaste institucional y una brecha cada vez más clara entre el discurso oficial y la vida diaria de la gente.
Aquí el problema no es solo quién gobierna, sino cómo se gobierna. La política local sigue atrapada en inercias: lealtades personales, opacidad, improvisación y una peligrosa alergia a la crítica.
El estado enfrenta retos urgentes —agua, ciudad, seguridad, servicios— que no se resuelven con propaganda ni con mayorías automáticas. Se resuelven con capacidad, diálogo, perspectiva social y rendición de cuentas. Y eso implica incomodar, escuchar y corregir.
El liderazgo que hace falta
El liderazgo que exige 2026 no es carismático: es responsable. No es autoritario: es incluyente. No promete milagros: explica decisiones. Entiende que gobernar con perspectiva de género no es ideología, es eficiencia. Que respetar derechos humanos no debilita al Estado, lo legitima. Y que la transparencia no es un favor, es una obligación.
La ciudadanía ya no espera perfección, pero sí honestidad. Ya no tolera el cinismo ni la opacidad. Y cuando no encuentra respuestas, se desconecta.
El fondo del asunto
2026 no va a perdonar a la política que siga hablando del ayer. El mundo, México y San Luis Potosí necesitan liderazgos que miren de frente al futuro, que entiendan la complejidad del presente y que asuman, de una vez por todas, que el poder sin responsabilidad ya no tiene futuro.
El cambio de paradigma no está en puerta: ya está aquí. La única duda es quién va a entenderlo a tiempo.