La reforma electoral que nadie quiere leer… PERO TODOS QUIEREN TORCER

El Radar

Por Jesús Aguilar

El Instituto Nacional Electoral acaba de entregar un documento que, paradójicamente, puede definir el futuro inmediato de la democracia mexicana… y al mismo tiempo pasar casi desapercibido para la opinión pública. No porque sea irrelevante, sino porque es incómodo.

La Propuesta de mejora en materia electoral no es un manifiesto ideológico ni un desafío político abierto. Es algo más peligroso para quienes gobiernan: un diagnóstico técnico que desnuda las grietas del sistema y propone cómo cerrarlas.

El mensaje de fondo es claro:
el modelo electoral mexicano no está roto, pero sí está siendo forzado más allá de sus límites normativos.

El momento no es casual

El INE formula estas propuestas después de enfrentar dos procesos inéditos:
el proceso electoral concurrente más grande de la historia y la elección popular del Poder Judicial. Ambos evidenciaron vacíos legales, tensiones operativas y zonas grises que hoy son el terreno ideal para la simulación política.

Por eso el documento no plantea una refundación, sino algo que irrita más al poder: poner reglas claras donde hoy conviene la ambigüedad.

Donde empieza el verdadero conflicto

El corazón político del documento está en tres frentes que explican por qué esta propuesta incomoda.

1. El dinero (y su sombra digital)

El INE propone algo que en Palacio y en los partidos genera urticaria:
fiscalización total, incluyendo dinero digital, redes sociales, plataformas internacionales y hasta activos virtuales.

No es menor:
se plantea obligar a las plataformas a tener representación legal en México, usar inteligencia artificial para auditar campañas y eliminar de una vez por todas el argumento del “secreto ministerial” como pretexto para ocultar información.

Traducción política:
se acabaría la comodidad de gastar primero y explicar después… si es que alguien pregunta.

2. La representación que ya no puede simularse

Las acciones afirmativas dejan de ser “acuerdos administrativos” y se convierten en obligaciones constitucionales:
cancelación inmediata de candidaturas simuladas, sanciones irreversibles a partidos y reglas estrictas para que indígenas, afromexicanos, personas con discapacidad y diversidad sexual lleguen a distritos competitivos, no a rellenos simbólicos.

Aquí el mensaje es brutal:
ya no basta con cumplir en el papel; la representación debe ser real o no será.

3. El poder judicial y el riesgo de una elección sin reglas

La elección de jueces y magistrados dejó claro algo inquietante:
se improvisó más de lo que se admite.

El INE propone ordenar el marco geográfico, los tiempos, la paridad y hasta el financiamiento de estas candidaturas. No para controlar la elección, sino para evitar que el dinero, la desinformación o la inequidad decidan quién juzga.

Este punto es quizá el más delicado, porque toca un nervio central del nuevo diseño institucional del país.

Lo que el discurso político no quiere admitir

Mientras el debate público se reduce a si hay que recortar al INE o “abaratar” la democracia, el propio Instituto recuerda un dato incómodo:
organizar elecciones cuesta entre 20 y 50 centavos de cada 100 pesos del presupuesto nacional.

No es un problema de gasto.
Es un problema de voluntad de someterse a reglas.

El verdadero dilema

Esta propuesta coloca a la clase política frente a un espejo incómodo:

• O se fortalece un árbitro técnico capaz de controlar dinero, propaganda y poder

• O se desmontan sus capacidades para que el sistema sea más manejable

No hay punto medio.

Por eso este documento es tan relevante:
no es una defensa corporativa del INE, es una defensa preventiva de la democracia frente a un escenario de elecciones más frecuentes, más caras, más digitales y más vulnerables a la captura.

La pregunta ya no es qué propone el INE.
La pregunta es quién se atreverá a votar en contra… y por qué.

Cuando el árbitro pide más reglas, no es por poder.
Es porque sabe que sin ellas, el juego deja de ser limpio

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