LA PASION SOBRE LA RAZON. LA PASION QUE CONFUNDE PAZ CON INTERVENCION.

LA VERDAD Y EL CAMINO

Por: Aquiles Galán.

Vivimos tiempos en que mucha gente quiere soluciones rápidas. Cuando aparece la promesa de “mano dura” desde fuera —en este caso desde Estados Unidos— hay quien la recibe como un milagro. Eso suena tentador, pero es un error. Confundir fuerza con solución suele empeorar las cosas.

Estados Unidos vive tensiones internas fuertes: protestas, despliegues de fuerzas federales y respuestas militarizadas que se ven dentro del país. Esa lógica de “mano dura” muchas veces se proyecta hacia afuera como si fuera la cura mágica para problemas complejos. Ver la intervención como la solución es aceptar, sin discusión, que otro país imponga su forma de resolver.

No es ingenuo decir que la ayuda tiene intereses. La cooperación en seguridad puede tener objetivos políticos y estratégicos, no sólo humanitarios. México es vecino, socio comercial y actor estratégico para EE. UU. Por eso cualquier intervención o presión trae una carga política que va más allá de la ayuda.

Hay un hecho que no podemos ignorar: muchas armas usadas por los carteles y células delictivas en México provienen o pasaron por EE. UU. Eso muestra que no es sólo “culpa de México” hay responsabilidades cruzadas en la oferta y demanda de armas. Antes de aplaudir una intervención, conviene preguntarnos quién produce el problema.

La historia también habla claro. Las grandes intervenciones recientes —Iraq, Afganistán y otras— dejaron miles de muertos, mucha destrucción y, al final, problemas sin resolver. La superioridad militar no garantiza la paz, muchas veces crea más inestabilidad y sufrimiento civil. Si la experiencia sirve de guía, la intervención externa es riesgosa y con efectos colaterales graves.

Lo que veo hoy con preocupación es el fanatismo: personas que celebran cualquier gesto fuerte desde Washington como si fuera la solución definitiva. Ese fervor simplifica el debate y anula la crítica. Etiquetar como “antídoto” a una intervención cuestionable, o llamar “traidor” al que pide prudencia, empobrece la democracia. No hace falta estar en contra del gobierno, basta pensar en las consecuencias reales.

Si queremos resultados, que la conversación vaya por otro lado: controles serios a la circulación de armas, reforma y profesionalización policiaca, justicia efectiva y programas sociales que ataquen las causas. Cooperación internacional sí, pero con reglas claras, transparencia y sin renunciar a la soberanía ni a la capacidad de decidir lo nuestro.

La pasión mueve, pero la pasión sin criterio puede ser destructiva. Antes de festejar la intervención externa, veamos los antecedentes, números, límites y propuestas que no sean parches. La soberanía y la vida de la gente no pueden ser moneda de cambio de la esperanza fácil.

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