POPOL VUH 300

Por Mario Candia23/1/26

AUSENCIA El Foro Económico Mundial en Davos se ha convertido en un ritual anual donde las élites globales convierten promesas de “prosperidad compartida” en ceremonial vacío. Este año, sin embargo, la foto de grupo —aquella donde siempre posan banqueros, burócratas y barones tecnológicos con sonrisas de catálogo— vino con ausencia retumbante: la de Claudia Sheinbaum. Su silla vacía no fue un descuido logístico, sino un espejo que devolvió una imagen incómoda: la de un proyecto político incapaz de transitar del anhelo al acto.

DAVOS Mientras Davos discutía la transición energética, la inteligencia artificial y la “recuperación post-pandemia”, México mandó un mensaje tan claro como inadvertido: se quedó en casa. Esa ausencia pesa más que cualquier declaración retórica porque dice lo que muchos en el poder prefieren negar: México ya no figura en las mesas donde se ordena el festín global. Se habla de inclusión y equidad, pero cuando toca exhibir presencia —no en discursos, sino en negociaciones de poder— se esconde el rostro.

TRUMP Contrastemos esta deserción diplomática con el regreso al podio internacional de Donald Trump. El presidente norteamericano no fue a Davos a pedir permiso ni a tomar nota de buenas intenciones. Trump fue a enviar un mensaje: el mundo ya no puede hablar de globalismo sin pasar por él. Menos aún si su sombra política se proyecta sobre la Casa Blanca como amenaza probable en 2028. Trump no va a discursos altruistas; va a recalibrar alianzas, a medir fuerzas y, sobre todo, a recordar que el poder no se negocia con títulos burocráticos.

SHEINBAUM La ausencia de Sheinbaum frente a la presencia de Trump es simbólica antes que estratégica. Es el epítome de una política exterior que confunde decoro con invisibilidad, y prudencia con indefinición. Se aplaude la defensa de causas justas —algo que México debe hacer— pero se renuncia al tablero donde esas causas se juegan de verdad. En Davos se construyen redes, se negocian inversiones y se proyectan agendas. Quedarse en casa es renunciar a competir por el relato global, y más aún, por los recursos que pueden traducirse en desarrollo real para el país.

GEOPOLÍTICA Puede romanticarse la soberanía como virtud estática; sin embargo, en la práctica es como pretender cantar independencia con manos atadas. La geopolítica no recompensa buenas intenciones; premia estrategia, presencia y músculo negociador. El vacío que dejó Sheinbaum no solo fue geográfico: fue una declaración implícita de debilidad frente a un Trump que en cada intervención busca recolocar a Estados Unidos en el centro gravitacional del mundo. Si Davos es el crepúsculo de las promesas globales, entonces la ausencia de México es la evidencia de que aquí —como tantas veces— la retórica supera a la acción, y lo simbólico reemplaza a lo sustantivo.

Hasta lunes.

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