POPOL VUH 302

Por Mario Candia

27/1/26

CENSURA En Campeche ya no circulan TribunaCrónicaEl SurExpreso ni Novedades. No porque el mercado los haya vuelto obsoletos, sino porque la crítica se volvió jurídicamente riesgosa. Los periodistas Jorge González Valdez, Enrique Pastor y Arturo Martínez fueron denunciados, procesados y obligados a disculparse públicamente por hablar de la gobernadora Layda Sansores. Cuatro ciudadanos fueron detenidos en pleno Carnaval por usar máscaras con el rostro de la mandataria. En Campeche, informar, opinar o incluso satirizar se convirtió en actividad de alto riesgo legal.

SILENCIO No hay militares en las redacciones, pero sí expedientes en los juzgados. No hay censura declarada, pero sí una estrategia de desgaste: demandas por violencia política de género, procesos penales, sentencias, multas, disculpas forzadas. El silencio ya no se impone por decreto, se administra por procedimiento.

LABORATORIO Campeche se ha convertido así en el laboratorio perfecto del nuevo autoritarismo mexicano: uno que no clausura medios, los judicializa; que no encarcela periodistas, los exhibe; que no prohíbe la crítica, la vuelve inviable. Un régimen donde el disenso no se reprime con porras, sino con oficios.

PARADOJA La paradoja es histórica. Layda Sansores llegó al poder como figura de oposición, perseguida durante décadas por el viejo régimen priista. Hoy gobierna con los mismos mecanismos que antes denunciaba: uso político de la ley, persecución judicial del adversario, exposición pública del crítico. No es una anomalía personal: es la patología estructural del poder. Todo disidente que alcanza el gobierno descubre tarde o temprano que la censura también se ve bien desde la oficina principal.

PERDÓN El nuevo régimen no necesita quemar periódicos: basta con hacerlos económicamente inviables. No necesita prohibir columnas: basta con convertirlas en litigio. No necesita encarcelar comunicadores: basta con obligarlos a pedir perdón frente a una cámara. La represión del siglo XXI no produce mártires, produce periodistas cansados, editores prudentes y ciudadanos que prefieren callar antes que declarar.

CONTROL Lo más inquietante no es que esto ocurra en Campeche. Lo inquietante es que se esté normalizando. Que se justifique en nombre de causas nobles. Que se vista de legalidad lo que en el fondo es control político. Que la libertad de expresión se vuelva una concesión administrativa, sujeta a la sensibilidad del gobernante en turno.

PELIGROSO Campeche no está silenciado porque no haya voces. Está silenciado porque ahora el silencio tiene forma de expediente, firma electrónica y número de carpeta. Y eso es peor: porque cuando la censura se disfraza de justicia, deja de parecer censura. Parece orden. Parece ley. Parece democracia. Y justo ahí, cuando el autoritarismo ya no parece autoritarismo, es cuando se vuelve verdaderamente peligroso.

Hasta mañana.

Compartir ésta nota:

Facebook
Twitter
LinkedIn
WhatsApp