Por Mario Candia
29/1/26
SUPERPESO El superpeso es la nueva estampita milagrosa del régimen. No importa que la renta suba, que el súper se coma medio sueldo o que el crédito sea una trampa con intereses de usura: basta con mostrar el tipo de cambio en televisión para que la economía parezca sana. Diecisiete pesos por dólar. Amén. La escena es conocida. El presentador sonríe, el funcionario asiente, el analista financiero habla de “confianza de los mercados”. Nadie habla de la canasta básica. Nadie habla del salario real. Nadie habla de que el ciudadano común no compra dólares: compra tortillas, gasolina, medicinas y tiempo. Y todo eso sigue encareciéndose con puntualidad religiosa.
INFLACIÓN El superpeso no es fortaleza económica, es coreografía monetaria. Un número que se mueve en la pantalla mientras la vida cotidiana se hunde en la inflación silenciosa. Es como presumir que el termómetro bajó mientras el enfermo sigue con fiebre: una ilusión estadística presentada como milagro.
DÓLAR La verdad incómoda es más simple: el peso no es fuerte, el dólar está débil. Y como México depende estructuralmente de la moneda estadounidense, celebramos su enfermedad como si fuera nuestra curación. Es el síndrome del pariente pobre que presume porque el rico tropezó, aunque ambos sigan cayendo por la misma escalera.
ORO Por eso conviene mirar el dinero con otra vara. No con billetes, sino con historia. Durante milenios, las civilizaciones usaron metales como el oro no porque fueran brillantes, sino porque no se podían imprimir. Eran incorruptibles, como la memoria. Hoy usamos monedas que pueden multiplicarse con una firma y un clic. El dinero ya no representa valor: representa fe. Y la fe también se devalúa.
POLÍTICA El oro no sube. Lo que baja es el dinero. No porque exista una conspiración mística, sino porque los gobiernos aprendieron el truco perfecto: licuar la deuda emitiendo más papel. La inflación ya no es un accidente, es una política. Un impuesto sin nombre que nadie votó, pero todos pagan.
RELATO En ese contexto, el superpeso es un tótem. Una figura ritual para sostener el relato de estabilidad en un país donde el crecimiento es desigual, la informalidad es norma y el bienestar es promesa reciclada. El régimen necesita que creamos en el tipo de cambio porque ya no puede prometer prosperidad. Nos ofrece cifras en lugar de futuro.
ESPEJISMO No vivimos un milagro cambiario. Vivimos un espejismo administrado. Una economía que presume fortaleza porque su moneda flota, mientras sus ciudadanos se hunden. El superpeso no compra más comida, no paga menos renta, no reduce la deuda doméstica. Solo sirve para alimentar el aplauso. Y como todo mito, terminará igual: cuando la realidad alcance al discurso, el milagro se evaporará. Pero la cuenta, como siempre, la pagará el mismo de siempre. El que nunca vio un dólar, pero sí vio subir el precio de todo.
Hasta mañana.