En el crimen organizado en México, el poder no siempre recae en una sola persona. A lo largo de los años, distintas organizaciones han demostrado que la combinación de perfiles opuestos —uno visible y otro discreto— puede fortalecer su estructura y garantizar su permanencia. Esta fórmula, basada en la división de funciones y en habilidades complementarias, ha sido una constante en la cúpula de varios cárteles.
Un ejemplo reciente es el del Cártel Jalisco Nueva Generación. Aunque Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, es considerado el líder indiscutible, su ascenso no se entiende sin el papel de Abigael González Valencia, “El Cuini”. Mientras Oseguera se convirtió en el rostro de la organización y en símbolo de su violencia y expansión territorial, González Valencia operó como su principal soporte financiero. De acuerdo con autoridades estadounidenses, su red fue clave para financiar las actividades del cártel, permitiéndole extender su presencia a todo el país.
Algo similar ocurre con la Nueva Familia Michoacana. Los hermanos Jhonny y José Alfredo Hurtado Olascoaga, conocidos como “El Pez” y “El Fresa”, comparten el liderazgo del grupo. Uno mantiene un perfil más discreto y es señalado como estratega, mientras que el otro ha sido identificado como la figura pública del cártel, especialmente después de hechos violentos que lo colocaron en el centro de la atención mediática. Esta combinación de experiencia y exposición ha permitido a la organización consolidarse en regiones del Estado de México, Michoacán y Guerrero.
La historia muestra que esta dinámica no es nueva. A finales de los años noventa, Osiel Cárdenas Guillén fortaleció al Cártel del Golfo con el apoyo de su brazo armado, Los Zetas, encabezados por Arturo Decena. La unión entre liderazgo operativo y fuerza militar impulsó la expansión del grupo en el este del país.
Sin embargo, el caso más emblemático de esta fórmula es el del Cártel de Sinaloa. Joaquín “El Chapo” Guzmán se convirtió en el narcotraficante más mediático de México tras sus fugas de prisión, su captura y su estilo de vida lleno de excesos. Su nombre alcanzó fama internacional y su figura dominó titulares durante años. Mientras tanto, Ismael “El Mayo” Zambada operó con bajo perfil, privilegiando la negociación y la discreción. Su capacidad para mantener acuerdos y evitar reflectores permitió que la organización siguiera funcionando incluso cuando Guzmán fue detenido.
La captura definitiva de “El Chapo” en 2016 fue vista como un golpe contundente contra el narcotráfico. No obstante, la estructura del Cártel de Sinaloa se sostuvo gracias a la presencia de “El Mayo”, quien continuó al frente de las operaciones. Esta dualidad entre fama y sigilo, entre exposición y estrategia, consolidó a ambos como una de las duplas más influyentes en la historia del crimen organizado en México.
En muchos casos, esta especie de “bicefalia” no solo amplía el alcance de las organizaciones, sino que también facilita la continuidad del liderazgo cuando uno de los jefes es capturado o neutralizado. La combinación de cerebro y músculo, de negociación y confrontación, ha sido una fórmula repetida por distintas generaciones del narcotráfico.
La experiencia demuestra que, en el rompecabezas del crimen organizado, las piezas diferentes suelen encajar mejor. Las alianzas entre perfiles contrastantes han permitido a los cárteles adaptarse, resistir golpes de las autoridades y mantener su influencia en distintas regiones del país.