EL HILO VERDE QUE SE SIGUE ESTIRANDO… HASTA SAN LUIS

El Radar

Por Jesús Aguilar

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La pregunta no es si habrá reforma electoral. La pregunta es qué está revelando la reforma sobre el estado real de la alianza que sostiene a la llamada Cuarta Transformación.

Ayer planteábamos aquí que la discusión sobre el rediseño del sistema electoral no es un debate técnico, sino un punto de tensión estructural entre los tres partidos que integran la coalición Juntos Hacemos Historia: Morena, Partido Verde Ecologista de México y Partido del Trabajo. Hoy, los hechos aceleraron el ritmo.

Este miércoles 11 de febrero, el senador Manuel Velasco Coello destapó públicamente a Ruth González Silva como carta rumbo a la gubernatura de San Luis Potosí. La propia senadora respondió casi de inmediato. El gesto no es menor. No es una anécdota local. Es un movimiento nacional con acento potosino.

¿Hace cuánto tiempo que no veíamos que algo trascendente en lo local tomara una importancia coyuntural tan grave?

Tal vez desde la Marcha por la Dignidad y la Democracia que incluso hizo venir a visitar al Doctor Nava al entonces Presidente Salinas… No lo sé…

Decidir: qué está realmente en juego?

Lo que está en juego no es solo una candidatura adelantada. Es el modelo de sucesión dentro de la 4T y el equilibrio de poder entre sus aliados.

La presidenta Claudia Sheinbaum ha enviado señales inequívocas contra el nepotismo político. El caso de Saúl Monreal en Zacatecas y el deslinde público respecto a Félix Salgado Macedonio en Guerrero marcaron una línea discursiva clara: la continuidad no puede confundirse con herencia.

En ese contexto, el movimiento del Verde tiene una lectura inevitable. No se trata solamente de medir fuerzas internas en San Luis. Se trata de colocar una ficha en la mesa nacional mientras se negocia la reforma electoral en el Senado, donde el Verde tiene un número de votos estratégicos. 

En política, los tiempos nunca son casuales.

La decisión de fondo que enfrenta la sociedad —y también la coalición— es esta: ¿la alianza es un proyecto programático de largo plazo o un acuerdo electoral flexible, susceptible de reconfigurarse según la correlación de fuerzas?

Decir: lo que no se está diciendo

La reforma electoral discute asuntos de alto calibre: autonomía de autoridades electorales, rediseño de representación proporcional, financiamiento y fiscalización. Cada punto altera incentivos. Cada ajuste modifica la manera en que los partidos sobreviven.

El Verde ha sido históricamente un partido bisagra. Lo fue con el PRI, lo fue con el PAN —no olvidemos su respaldo a Vicente Fox en el año 2000— y lo es hoy con Morena. Su lógica no es ideológica, es estratégica. Y en esa lógica, contar con un bloque propio de senadores y diputados significa tener capacidad de negociación real.

San Luis Potosí se convierte así en pieza clave. Es, hoy por hoy, uno de los pocos estados donde el Verde podría argumentar viabilidad de “repetir” gobierno con fuerza propia. Eso cambia el tono de cualquier conversación nacional. No es lo mismo negociar desde la marginalidad que desde la posibilidad concreta de refrendar poder territorial.

Por eso el destape adelantado no es un arrebato. Es una señal. Hacia dentro y hacia fuera. Hacia Morena, para recordar que el Verde no es un apéndice automático. Y hacia el resto del tablero —incluidos Movimiento Ciudadano y el Partido Acción Nacional— para insinuar que, llegado el caso, el Verde sabe jugar como actor autónomo.

¿Es probable una ruptura inmediata? No. La interdependencia legislativa y electoral sigue siendo alta. 

Pero ¿es posible que el Verde se convierta en “jugador libre” si la reforma altera de manera sustantiva sus márgenes de operación? Sí, políticamente es posible. 

Y ese simple margen de posibilidad ya modifica las negociaciones subterráneas.

El efecto San Luis en la mesa nacional

En la superficie, San Luis vive una tensa calma. En el subsuelo político, las “vencidas” están en pleno desarrollo. La señal enviada hoy por Velasco rompe cualquier ficción de congelamiento.

Para Morena, el dilema es delicado: sostener coherencia con el discurso presidencial contra el nepotismo sin dinamitar la coalición que le permite mayoría legislativa. Para el Verde, la apuesta es clara: posicionar con tiempo a su carta más competitiva y elevar el costo de cualquier intento de marginación.

Y para la ciudadanía potosina, la pregunta es más profunda: ¿se trata de continuidad de proyecto o de continuidad de grupo? No es lo mismo.

Consolidar: lo que permanece

La reforma electoral, en apariencia técnica, está funcionando como prueba de estrés de la alianza gobernante. Nos está mostrando hasta dónde llega la convicción compartida y dónde comienzan los cálculos individuales.

El destape de hoy no decide la elección de 2027. Pero sí redefine el clima político de 2026. Y, sobre todo, obliga a todos los actores a transparentar algo que hasta ahora se movía con discreción: la verdadera naturaleza de la alianza.

Dentro de cinco años, cuando miremos atrás, quizá no recordemos el tuit ni la fecha exacta del anuncio. Lo que sí recordaremos es si este momento marcó el inicio de una negociación madura entre aliados o el comienzo de una competencia soterrada que terminó por fracturar el proyecto.

La reforma electoral puede rediseñar reglas. Pero lo que realmente está en juego es otra cosa: la calidad ética de la transición interna del poder.

Y esa decisión no se toma en un pleno legislativo. Se toma en la manera en que cada actor entiende su responsabilidad frente al país y frente a su propio legado.

Por lo pronto alguien por la torre del ahora rebautizado Centro de Negocios debe estar sobándose las manos…

5-7

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