Por Mario Candia
12/2/26
SARAMPIÓN El sarampión ha regresado a México, y no lo hizo en silencio. Lo hizo con la violencia estadística que solo las tragedias sanitarias pueden exhibir: miles de contagios, decenas de muertos y una alarma epidemiológica internacional encendida sobre el país. La Organización Panamericana de la Salud no habla en metáforas: México lidera los casos en la región y el 78% de los infectados no estaba vacunado. Ese dato, por sí solo, es una sentencia. No es el virus el que falló. Es el sistema que debía detenerlo.
ABSURDO En ese contexto, Zoé Robledo intentó hoy un acto de prestidigitación política: trasladar la responsabilidad hacia los gobiernos de Fox y Calderón. El argumento es tan conveniente como absurdo. Porque el sarampión no es una deuda histórica que madura durante décadas sin intervención. Es una enfermedad que reaparece cuando la inmunización presente se debilita. La eliminación del sarampión en la región fue declarada en 2016. Eso significa que la cadena de transmisión había sido rota. El virus no sobrevivió oculto durante veinte años esperando venganza. Lo que ocurrió es más simple y más grave: el muro inmunológico se dejó caer en años recientes. Y aquí aparece un nombre que el oficialismo preferiría mantener fuera del expediente: Hugo López-Gatell.
LÓGICA POLÍTICA Como subsecretario de Salud durante el sexenio de López Obrador, López-Gatell fue el arquitecto operativo del sistema sanitario federal en el momento más crítico del siglo. Fue él quien decidió centralizar decisiones, desmantelar estructuras heredadas y redefinir prioridades bajo una lógica política antes que epidemiológica. Fue también quien minimizó riesgos en múltiples ocasiones, convencido de que el discurso podía sustituir a la logística.
PANDEMIA Durante la pandemia, millones de niños dejaron de recibir vacunas. Las campañas se interrumpieron. Las brigadas desaparecieron de las colonias. La vigilancia epidemiológica se concentró en un solo virus, mientras otros avanzaban sin oposición. No fue una conspiración. Fue algo peor: una omisión.
INMUNIZACIÓN El sarampión no necesita permiso. Solo necesita una generación incompletamente vacunada. Y esa generación se formó en los últimos años. El problema no es ideológico. Es matemático. El sarampión requiere una cobertura de vacunación superior al 95% para impedir brotes. Cuando ese porcentaje cae, el virus encuentra corredores abiertos. Y eso es exactamente lo que ocurrió en México. La OPS lo ha dicho sin ambigüedad: el resurgimiento está vinculado a brechas persistentes de inmunización. Las brechas no son un fenómeno arqueológico. Son un fenómeno contemporáneo.
INCAPACIDAD Lo verdaderamente alarmante no es solo el brote. Es la reacción frente a él. Cuando el responsable de una institución sanitaria mira hacia el pasado para explicar el presente, está confesando implícitamente su incapacidad para controlarlo. Es el reflejo de un sistema que perdió el control narrativo porque antes perdió el control operativo.
RETÓRICA El sarampión es un indicador implacable. No aparece en sistemas sanitarios fuertes. Aparece en sistemas que han sido debilitados, fragmentados o abandonados. Su presencia es una auditoría biológica. Una evaluación sin ideología. Un veredicto sin retórica.
ESCUDO Durante décadas, México logró construir un escudo epidemiológico ejemplar. El país eliminó el sarampión no por casualidad, sino por disciplina institucional. Ese escudo no se rompe en el pasado. Se rompe en el presente. Hoy, ese escudo está fracturado. Y el virus, como siempre, encontró la grieta.
Hasta mañana.