El suministro de gas natural a México podría convertirse en un instrumento de presión por parte de Estados Unidos durante 2026, en el contexto de la revisión del T-MEC y la disputa por minerales críticos. La investigadora Aleida Azamar Alonso advirtió que la alta dependencia mexicana de las importaciones estadounidenses genera una vulnerabilidad estructural que Washington podría explotar.
México importa la mayor parte del gas natural que consume desde territorio estadounidense. El insumo alimenta centrales eléctricas, industrias y hogares. Azamar Alonso explicó que se trata de una presión implícita que no requiere una amenaza pública directa, pero que se suma a las tensiones ya existentes por aranceles y minerales estratégicos.
No se observa una intención explícita de cortar el suministro, pero la combinación de aranceles, presiones comerciales y decisiones regulatorias adversas ya genera riesgos concretos. La política exterior estadounidense se caracteriza por su volatilidad, por lo que no se puede descartar que el sector energético se convierta en un nuevo eje de presión.
Un eventual corte afectaría también a los productores estadounidenses, particularmente a los de Texas, principal estado exportador. Los márgenes se reducirían, los contratos se renegociarían y los proyectos perderían rentabilidad. México necesita el gas y los productores estadounidenses necesitan el mercado mexicano.