El Radar
Por Jesús Aguilar
La caída de Nemesio Oseguera Cervantes —el Mencho— no es solamente la eliminación del líder del cártel más expansivo de los últimos años. No es solo un parte militar. No es el descarte o transformación de una ficha más en el tablero del narcotráfico.
Es un punto de inflexión.
Y como todo punto de inflexión, obliga a una pregunta incómoda:
¿Por qué ahora?
No escribimos para celebrar ni para lamentar.
Escribimos para entender.
En las últimas horas se ha confirmado que el operativo fue resultado de meses de inteligencia compartida entre fuerzas mexicanas y agencias estadounidenses. También se anunció un reforzamiento permanente de presencia militar en Jalisco, Michoacán y Colima, así como la apertura de nuevas carpetas contra operadores financieros vinculados al CJNG.
Es decir: no fue un golpe aislado.
Fue una operación con derivaciones estructurales.
Y ocurre a meses del Mundial 2026.
Un Mundial que no es solo fútbol.
Es inversión, turismo, reputación internacional, narrativa país.
Es la mayor vitrina que México tendrá frente al mundo en décadas.
En la conferencia mañanera del lunes 23 y en los posicionamientos posteriores, la presidenta Claudia Sheinbaum insistió en la palabra “normalidad”. Carreteras libres. Control territorial. Coordinación institucional.
El general Ricardo Trevilla habló de planeación estratégica, sin bajas propias y con dominio táctico del terreno.
Omar García Harfuch confirmó que, tras los bloqueos y ataques iniciales, hubo detenciones adicionales y aseguramientos logísticos que buscan impedir una reacción coordinada del cártel.
El mensaje es claro: el Estado no solo respondió, sino que busca evitar la fragmentación inmediata.
Pero el dilema sigue siendo más profundo.
Porque descabezar no es desmantelar.
Y lo que hoy se discute en los círculos de seguridad no es la operación en sí, sino la fase posterior: la recomposición interna del CJNG y la disputa por mandos regionales.
La muerte del Mencho puede abrir un nuevo frente de guerra si el Estado no logra contener la reacción violenta de las milicias y células que aún operan en distintos estados.
Esa es la verdadera prueba.
En las últimas 48 horas hemos visto bloqueos, incendios de vehículos, intentos de sabotaje en carreteras y tensión en zonas estratégicas. Aunque el gobierno habla de control, el despliegue reforzado indica que el riesgo no se considera menor.
Entonces la pregunta se amplía:
¿Estamos ante una decisión estratégica de largo plazo…
o ante una sincronización con un calendario internacional que exigía resultados?
Estados Unidos comparte sede mundialista. Comparte presión política interna. Comparte la urgencia de mostrar avances en el combate al tráfico de drogas sintéticas.
La cooperación de inteligencia fue determinante.
Y cooperar no es claudicar.
Pero el Estado mexicano tendrá que demostrar que esta nueva etapa no depende de la coyuntura, sino de una política sostenida.
Porque el Mundial durará un mes.
La reconfiguración criminal puede durar años.
Y hay una dimensión política que no puede omitirse.
El sábado, un día antes del operativo, la presidenta volvió a reivindicar a Andrés Manuel López Obrador como figura elemental de su movimiento, reafirmando continuidad política e identidad histórica.
El domingo, con la operación que terminó con la vida del Mencho, ocurrió algo más que un golpe al crimen organizado.
Se cerró una narrativa.
“Abrazos, no balazos” fue una consigna que definió una época. El operativo del domingo marca, en los hechos, una transición hacia una política de seguridad más frontal, más directa y más explícita en el uso de la fuerza legítima del Estado.
No se trata de juzgar el giro.
Se trata de reconocerlo.
Si el Estado mexicano ha decidido inaugurar una nueva etapa, deberá hacerlo con claridad estratégica, con reformas institucionales y con control territorial permanente.
No basta con blindar el Mundial.
No basta con enviar un mensaje internacional.
Lo que está en juego es algo mayor:
Que el Estado vuelva a mandar.
No por un evento.
No por presión externa.
Sino por convicción estructural.
En cinco años, este momento se leerá de una sola manera: como el inicio de una política de seguridad sostenida… o como una jugada necesaria para proteger una vitrina global.
La pelota está en la cancha de Claudia.
Y esta vez no se juega un torneo, ni si por fin llegamos al quinto, que ahora será sexto partido, sino si puede volver amanecer México en paz y por supuesto…se juega la autoridad del Estado mexicano.