Por Mario Candia
3/3/26
MUJERES Hay estadísticas que no deberían existir. Una de ellas dice que una de cada tres mujeres en el mundo ha sido golpeada, violentada o forzada sexualmente. Una de cada tres. No es una minoría; es una multitud. La violencia contra la mujer no es una nota roja: es una estructura. En América Latina el mapa es más oscuro. No porque en Europa o en Asia no exista violencia, sino porque aquí la violencia no solo hiere: mata. Datos internacionales muestran que nuestra región concentra algunas de las tasas más altas de asesinatos de mujeres cometidos por sus parejas o familiares. El agresor no siempre es un desconocido en la calle; muchas veces duerme en la misma cama.
SILENCIO Europa no es el paraíso progresista que presume. Casi un tercio de las mujeres europeas ha sufrido violencia física o sexual desde los 15 años. La diferencia es que allá el Estado suele reaccionar; aquí, demasiadas veces, archiva. Allá hay órdenes de protección que funcionan; aquí hay carpetas que duermen. En Asia el panorama cambia de forma, pero no de fondo. En algunos países la violencia se esconde bajo la alfombra cultural; en otros, se maquilla en estadísticas que no capturan lo que las mujeres no denuncian. El silencio también es una forma de agresión.
MÉXICO Y México… México vive en la paradoja. Nos indigna el dato global, pero toleramos el local. Nos conmueve la cifra internacional, pero nos acostumbramos a la noticia diaria. Aquí la violencia de género dejó de escandalizar; ahora compite con el clima y el tráfico en la conversación cotidiana. El problema no es solo el número. Es la normalización.
RUTINA Cuando un país convierte el miedo en rutina, algo se pudrió en su contrato social. Cuando una mujer tiene que compartir su ubicación en tiempo real para volver a casa, no estamos hablando de empoderamiento digital: estamos hablando de supervivencia. La violencia contra la mujer no distingue ideologías. No es de derecha ni de izquierda. Es anterior a los partidos y más profunda que los discursos. Pero sí distingue Estados fuertes de Estados débiles. Donde la ley pesa, la violencia retrocede. Donde la impunidad gobierna, la violencia se expande.
IMPUNIDAD No es casualidad que las regiones con mayores índices de impunidad también carguen con mayores tasas de asesinatos de mujeres. No es cultura: es permisividad. La pregunta incómoda no es cuántas mujeres son violentadas. La pregunta es por qué, sabiendo que el fenómeno es global y medido, seguimos actuando como si fuera anecdótico.
DECORADO Un país que no puede garantizar que sus mujeres vuelvan a casa no puede presumir desarrollo. Puede presumir infraestructura, récords económicos, discursos altisonantes. Pero si el hogar sigue siendo el lugar más peligroso para miles de mujeres, entonces el progreso es decorado. Y un decorado, tarde o temprano, se cae.
Hasta mañana.