A río revuelto

El Radar

Por Jesús Aguilar

X @jesusaguilarslp

En política, cuando el río comienza a enturbiarse demasiado temprano, es señal de que alguien ya empezó a mover las piedras desde el fondo.

En San Luis Potosí todavía faltan casi quince meses para la elección de gobernador y, sin embargo, la sucesión de 2027 ya empezó a agitarse. Los nubarrones aparecen en el horizonte y los primeros aspirantes comienzan a tomar posiciones.

El calendario electoral dice que aún no es tiempo.

La realidad política dice exactamente lo contrario.

En Morena, por ejemplo, el escenario es de tensión temprana. Las lealtades internas parecen diluirse con rapidez. Gerardo Sánchez Zumaya, apodado el Huasteco, ha decidido romper cualquier proporción política con la dirigencia estatal del partido. Se abre de capa y declara sin rodeos su aspiración de ser gobernador, confrontando directamente a Rita Ozalia Rodríguez, presidenta estatal de Morena.

Su apuesta no es menor. Se mueve impulsado por el círculo cercano de los hijos del presidente López Obrador, por su padrino político Adán Augusto López Hernández y por una red de operadores que incluye a los hermanos Azuara.

Mientras tanto, desde la dirigencia nacional de Morena comienzan a dibujarse señales que recuerdan lo ocurrido en la pasada sucesión presidencial: la posibilidad de nuevas campañas de minicorcholatas, aspirantes adelantados que recorren el país construyendo presencia política antes de que el calendario electoral lo permita.

La disputa no ocurre solamente en Morena.

En el Partido Acción Nacional también se libran batallas internas. Los propios Azuara operan presión a través de su aliado Marco Cortés para que la nueva dirigencia nacional encabezada por Jorge Romero impulse como candidata a la gubernatura a Verónica Rodríguez, actual dirigente estatal del partido. Una figura que ellos mismos ayudaron a construir políticamente, después dejaron a la deriva y ahora intentan volver a colocar en el tablero.

El panismo fuerte de la capital —el que ha venido construyendo presencia política en la ciudad de San Luis Potosí— intenta resistir esa operación. Pero también parece no haber entendido algo fundamental: la política del estado ya no se juega como en 2009 ni como en 2013.

Hoy las campañas se construyen con lógica multitask, territorial y digital al mismo tiempo. Los golpes en la mesa ya no alcanzan para definir candidaturas ni para ganar elecciones.

El caso del PRI, por su parte, parece la crónica de una entrega largamente anunciada. Desde hace tiempo el Partido Verde ejerce una influencia evidente sobre el quehacer político de la dirigencia estatal encabezada por Sara Rocha, aun cuando la relación entre Alejandro “Alito” Moreno y el verde nacional dista mucho de ser cercana.

Pero la declaración hecha este lunes por Sara Rocha, en la que reconoce abiertamente la posibilidad de una alianza con el Partido Verde, contiene un mensaje político más profundo.

No se trata solamente de un mensaje para el cada vez más reducido priismo que permanece fiel a las siglas. También es una señal hacia el propio Partido Verde a nivel nacional.

El mensaje podría resumirse así: no los necesitamos.

El grupo político que hoy gobierna San Luis Potosí tiene capacidad suficiente para competir incluso bajo otro membrete si fuera necesario.

Y esa historia, en realidad, no sería nueva.

El gallardismo —hoy la primera potencia político-electoral del estado— no nació bajo las siglas del Partido Verde. Su primera construcción política ocurrió bajo el paraguas del PRD, cuando Ricardo Gallardo padre construyó su base territorial desde Soledad de Graciano Sánchez y convirtió ese municipio en el primer laboratorio de poder del grupo.

Años después vino el salto: la migración al Partido Verde y la consolidación de una maquinaria electoral que terminó por conquistar la gubernatura del estado.

Primero fueron amarillos.

Después se volvieron verdes.

Y en política, cuando el poder se convierte en el verdadero motor de las alianzas, los partidos terminan siendo apenas el uniforme del momento.

En medio de ese río revuelto aparece también un actor que juega en una lógica distinta.

Mientras varios aspirantes se dedican a declararse candidatos anticipados o a construir padrinazgos en la sombra, Enrique Galindo es hoy el único que mantiene una plataforma política visible y cotidiana fuera del gallardismo.

No lo hace con destapes prematuros ni con declaraciones de aspiración adelantada, sino con algo mucho más básico en política: trabajo público diario, exposición permanente y control institucional desde la capital del estado.

Eso no significa que tenga ganada ninguna batalla. La sucesión de 2027 apenas empieza a dibujarse.

Pero sí introduce una diferencia clara en el tablero político potosino.

Hoy, fuera del poder verde, Galindo es el único actor que construye todos los días una base real desde el ejercicio del gobierno.

Y ahí es donde el río empieza a revelar su corriente verdadera.

Porque en San Luis Potosí la discusión todavía no gira alrededor de quién quiere ser gobernador.

La pregunta real es otra.

La pregunta es quién tendrá el tamaño político suficiente para disputar el poder al grupo que hoy gobierna el estado.

Y esa es una historia que apenas comienza.

Pero que ya empezó a escribirse.

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