El Radar
Por Jesús Aguilar
X @jesusaguilarslp
Como apuntamos en el Radar anterior —el primero de este día— la reforma electoral impulsada por la presidenta Claudia Sheinbaum no alcanzó la mayoría constitucional necesaria en la Cámara de Diputados.
Pero la política rara vez se detiene después de una votación adversa.
Esta mañana, desde Palacio Nacional, la propia presidenta delineó el siguiente movimiento.
Aseguró que lo ocurrido en el Congreso “no es una derrota” y anunció que enviará al Legislativo un nuevo paquete de reformas.
La nueva palabra en circulación es Plan B.
Y conviene entender con precisión qué significa.
Porque no es la misma reforma.
Es otra ruta.
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Cambiar el tablero sin cambiar la Constitución
La reforma original pretendía modificar la Constitución.
Eso requería el voto de dos terceras partes del Congreso, un umbral que el oficialismo no logró reunir.
El Plan B se mueve en otro terreno.
Consistirá en modificar leyes secundarias del sistema político, algo que puede aprobarse con mayoría simple.
En términos políticos la ecuación es clara:
si no hay votos para cambiar la arquitectura constitucional,
el gobierno intentará ajustar el funcionamiento del sistema desde su estructura operativa.
No es la misma ambición institucional.
Pero sí un camino legislativo mucho más viable.
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Lo que dijo hoy la presidenta
Durante su conferencia matutina, Sheinbaum adelantó los ejes centrales del nuevo paquete.
El objetivo principal será reducir privilegios y costos de la política en los niveles locales.
Entre las medidas mencionadas están:
Topes al presupuesto de congresos estatales
Reducción del número de regidores en municipios
Recorte de privilegios en estructuras legislativas locales
Fortalecimiento de mecanismos de participación ciudadana y consultas populares
La presidenta sostuvo que estas medidas podrían representar ahorros cercanos a 4 mil millones de pesos, recursos que —según su argumento— deberían permanecer en estados y municipios en lugar de sostener estructuras políticas sobredimensionadas.
El cambio de narrativa es evidente.
El debate ya no gira exclusivamente alrededor de las reglas electorales.
Ahora se centra en el costo de la política.
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Lo que el Plan B deja fuera
También conviene decirlo con claridad.
El nuevo paquete abandona varios de los cambios estructurales que contenía la reforma constitucional original.
Entre ellos:
la reducción del Senado
modificaciones profundas al sistema de representación proporcional
rediseños estructurales del sistema electoral nacional
En otras palabras:
el gobierno renuncia por ahora a transformar la arquitectura del sistema electoral.
Pero no renuncia a intervenir en su funcionamiento.
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La lógica estratégica
Visto con frialdad política, el movimiento produce tres efectos inmediatos.
Primero, evita que la derrota legislativa se traduzca en parálisis.
Segundo, mantiene vivo el discurso central que el oficialismo ha construido durante años:
la necesidad de reducir el costo del sistema político.
Y tercero, coloca a la oposición frente a un dilema incómodo.
Porque si el nuevo debate se centra en recortar privilegios y gasto político, cada voto en contra tendrá inevitablemente que explicarse ante la opinión pública.
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El fondo del asunto
Por eso el Plan B no es simplemente una alternativa legislativa.
Es un cambio de terreno en la batalla política.
La reforma constitucional se cayó.
Pero el conflicto político que la rodea sigue plenamente vivo.
Ahora el debate ya no es si se cambia el sistema electoral.
Ahora la discusión es más incómoda y más simbólica:
quién está dispuesto a recortar el costo de la política…
y quién está dispuesto a defenderlo.
Y en la historia reciente de México conviene recordar una lección.
Muchas veces los Planes B comienzan pareciendo ajustes secundarios.
Pero terminan siendo los que terminan reordenando el tablero político completo.