Por Mario Candia
23/3/26
SUBVERSIVA En una época donde la política se ha convertido en una competencia de estridencias, la visita de Cayetana Álvarez de Toledo a San Luis Potosí tuvo algo de rareza en tiempos de ruido. No por el contenido —que fue sólido— sino por la forma: una mujer que no levanta la voz, pero eleva la conversación. Y eso, hoy, es profundamente subversivo.
CAYETANA Cayetana no es una figura de la política-espectáculo. No gesticula para la cámara ni se construye desde la indignación fácil. Su presencia es otra cosa: sobria, medida, casi austera. Hay en ella una elegancia que no solo es estética sino profundamente ética. Una forma de estar en lo público sin convertirlo en escaparate. Una disciplina del lenguaje que contrasta, de manera brutal, con la vulgarización del discurso político contemporáneo.
RESPONSABILIDAD Doctora en Historia por la Universidad de Oxford, periodista, ensayista y parlamentaria, pertenece a una tradición que hoy parece en retirada: la del pensamiento articulado, la de la responsabilidad intelectual como base del ejercicio político. No improvisa. No simplifica. No reduce la complejidad a consigna.
VÍNCULO Su vínculo con San Luis Potosí, además, no es meramente circunstancial. Durante su intervención recordó que, en sus investigaciones sobre el siglo XVIII, la ciudad aparecía como un punto nodal del Virreinato, un espacio donde convergían riqueza, poder y circulación de ideas. No hablaba desde la cortesía diplomática, sino desde la memoria histórica. San Luis no le era ajeno: ya lo había recorrido, siglos atrás, en los archivos.
COHERENCIA A ese vínculo se suma una referencia personal que no es menor: la cercanía de su familia con Edward James, figura clave del surrealismo y profundamente ligada a la Huasteca potosina. No es un dato frívolo. Es, en cierto sentido, la confirmación de una sensibilidad: la política, como la cultura, también puede aspirar a la belleza, a la profundidad, a la coherencia.
POPULISMO Y es justamente desde esa ética —discreta, pero firme— que Cayetana construye su crítica al populismo. No hay en ella estridencia ni descalificación gratuita. Hay algo más incómodo: rigor. Ha sido una de las voces más consistentes en advertir que el populismo no dignifica al ciudadano, lo reduce. Lo trata como menor de edad. Lo convierte en destinatario de favores y no en sujeto de derechos exigibles. En ese esquema, el Estado deja de ser árbitro para convertirse en tutor, y la política se degrada en una administración del agradecimiento.
PEDAGOGÍA DEL RESENTIMIENTO Ahí es donde su lectura del caso mexicano resulta especialmente punzante. La política de “abrazos, no balazos”, la expansión de programas asistenciales sin evaluación estructural, la narrativa moralizante que divide al país entre “buenos” y “malos”… todo eso configura lo que, con precisión casi clínica, ha señalado como una pedagogía del resentimiento.
POLARIZACIÓN Una pedagogía que no forma ciudadanos, sino dependencias. Que no emancipa, sino que domestica. Que no iguala, sino que nivela hacia abajo bajo la coartada de la justicia social. Su crítica alcanza, naturalmente, al sexenio de Andrés Manuel López Obrador, pero no se detiene ahí. Se proyecta hacia la continuidad del modelo bajo Claudia Sheinbaum, donde persiste la misma lógica: el subsidio como sustituto de política pública, la polarización como método y la superioridad moral del poder como argumento.
CONVICCIÓN Y sin embargo, lo notable no es sólo lo que dice, sino cómo lo dice. En un ecosistema político dominado por la exageración, Cayetana apuesta por la precisión. Donde otros gritan, ella argumenta. Donde otros buscan aplauso, ella busca consistencia. Su elegancia no es debilidad: es método. Su mesura no es tibieza: es convicción.
RESPETO Su paso por San Luis Potosí fue, en ese sentido, más que una conferencia. Fue una lección de estilo público. Un recordatorio de que la política no tiene por qué ser sinónimo de ruido, ni la firmeza incompatible con la cortesía, ni la crítica divorciada de la ética. En tiempos donde la vulgaridad se ha normalizado como forma de poder, la verdadera disidencia quizá no esté en gritar más fuerte, sino en pensar mejor. Y en hacerlo —como Cayetana— con una elegancia que no busca protagonismo, pero termina imponiendo respeto.
Hasta mañana.