Por Mario Candia
24/3/26
COLOSIO Ayer 23 de marzo se cumplieron 32 años del asesinato de Luis Donaldo Colosio, el candidato del PRI que cayó en Lomas Taurinas en 1994, en uno de los episodios más oscuros y definitorios de la vida pública mexicana. Han pasado más de tres décadas y, sin embargo, el país no ha terminado de procesar lo que ocurrió aquella tarde en Tijuana, no sólo por la violencia del acto, sino por lo que simbolizó: la fractura de un sistema que se creía indestructible.
MEMORIA Colosio no era un outsider ni un rebelde en el sentido clásico. Era, en esencia, un hombre formado dentro del propio régimen, pero que comenzaba a delinear un discurso distinto, incómodo, que rompía con la liturgia triunfalista del poder. Su diagnóstico de un México con hambre y sed de justicia no fue una frase más en campaña; fue una grieta abierta en la narrativa oficial, una admisión de que el modelo político y económico había dejado demasiados pendientes. En ese contexto, su figura encarnó una posibilidad de transición desde dentro, una reforma del sistema sin ruptura violenta.
FISURAS Pero el México de 1994 era un terreno minado. El arranque del año con el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional evidenció la profundidad de las desigualdades que el discurso oficial había intentado ocultar. Al mismo tiempo, en la cúpula del poder se acumulaban tensiones, disputas y desconfianzas bajo el gobierno de Carlos Salinas de Gortari. El PRI, ese aparato que durante décadas había administrado con precisión casi quirúrgica la sucesión presidencial, comenzaba a mostrar fisuras internas que ya no podían contenerse con disciplina ni con acuerdos silenciosos.
VERSIONES El asesinato de Colosio no sólo arrebató la vida de un candidato; interrumpió una narrativa de continuidad controlada y dejó al descubierto la fragilidad de un sistema que había construido su estabilidad sobre equilibrios precarios. La reacción fue inmediata: recomposición, sustitución, continuidad. El aparato político operó con rapidez para evitar el vacío, pero lo que no pudo contener fue la desconfianza. Desde entonces, el caso quedó marcado por versiones encontradas, investigaciones cuestionadas y una sensación persistente de verdad incompleta que, con el paso del tiempo, se volvió parte del propio expediente histórico.
HISTORIA Treinta y dos años después, la figura de Colosio sigue habitando el imaginario colectivo como símbolo de lo que pudo ser y no fue. No es únicamente la memoria de un político asesinado; es también la evocación de una oportunidad truncada en un momento crítico del país. En ese sentido, su historia no pertenece sólo al pasado, sino a una conversación vigente sobre el poder, sus límites y sus riesgos cuando se vuelve incapaz de procesar sus propias tensiones internas.
INERCIAS En ese mismo registro aparece hoy Luis Donaldo Colosio Riojas, su hijo, convertido en una figura política con proyección nacional. Su presencia reabre inevitablemente la memoria, pero también plantea una continuidad simbólica que no puede leerse de manera simple. No se trata de una repetición mecánica de la historia, sino de la persistencia de sus ecos en un sistema político que, aunque ha cambiado de siglas y narrativas, mantiene inercias profundas en la forma en que se construye, se disputa y se preserva el poder.
RESPONSABILIDAD Recordar a Colosio no es un ejercicio de nostalgia, sino de responsabilidad histórica. Los países que relegan sus episodios más incómodos al archivo terminan por normalizar sus propias fracturas. México, con su larga tradición de silencios oficiales y verdades parciales, ha aprendido a convivir con esas heridas sin cerrarlas del todo, como si el tiempo fuera suficiente para diluirlas.
HERIDAS Pero hay heridas que no prescriben. El 23 de marzo de 1994 no es sólo una fecha en el calendario político: es un recordatorio de hasta dónde puede llegar un sistema cuando sus conflictos dejan de procesarse en la arena pública y se trasladan a terrenos más oscuros. A 32 años de distancia, la memoria de Colosio sigue siendo una advertencia vigente, no como consigna, sino como una lección pendiente sobre los costos de un poder que, en su momento más crítico, fue incapaz de contenerse a sí mismo.
Hasta mañana.