Por Mario candia
26/3/26
DERRAME Hay desastres que dejan huella en el agua y otros que revelan la podredumbre en la política. El derrame de hidrocarburos en el Golfo de México pertenece a ambos: una mancha que se expande sobre el mar y otra, más profunda, que exhibe la lógica de un gobierno que ha hecho de la negación una forma de gobernar. Porque mientras el chapopote avanza sobre cientos de kilómetros de costa, la versión oficial permanece inmóvil, como si la realidad pudiera contenerse con discursos.
EXPLICACIÓN La explicación es, por decir lo menos, insultante: un “barco privado”, sin nombre, sin registro, sin responsable identificable. Un espectro conveniente. Una figura casi mitológica que aparece justo cuando el Estado necesita un culpable sin rostro. No hay empresa, no hay bandera, no hay capitán. Solo una narrativa diseñada para cumplir su única función: liberar de responsabilidad al poder.
RELATOS La autodenominada Cuarta Transformación ha perfeccionado este mecanismo. No se trata de errores aislados, sino de una doctrina: minimizar, diluir, desviar. Ante cada crisis, el reflejo no es investigar, sino administrar el daño político. Y si la verdad resulta incómoda, se sustituye. La 4T no gobierna con datos, gobierna con relatos. Y en esos relatos, el Estado nunca falla; siempre hay un tercero, un enemigo, un accidente inexplicable que absorbe la culpa.
IMPUNIDAD Lo vimos en tragedias, en obras fallidas, en políticas públicas que naufragan en la realidad. Y ahora lo vemos en el mar. Un mes después del derrame, no hay responsables, pero sí hay una narrativa perfectamente alineada: no fue Pemex, no fue el gobierno, no fue nadie que pueda rendir cuentas. El tiempo, lejos de esclarecer, ha servido para consolidar la coartada. La impunidad, en este caso, no es una consecuencia: es el objetivo.
CRISIS El problema no es solo ambiental, aunque el daño ecológico sea devastador. El problema es institucional. Un Estado que se niega a reconocer sus errores es un Estado que renuncia a corregirlos. Y uno que prefiere mentir antes que asumir responsabilidades, es un Estado que convierte cada crisis en una oportunidad para profundizar su propia degradación.
BARCO FANTASMA El “barco privado” no es una embarcación: es una metáfora del régimen. Invisible, inverificable, pero extraordinariamente útil. Porque mientras exista ese barco fantasma, el poder puede seguir navegando sin rendir cuentas. El Golfo se llena de petróleo, pero el discurso se limpia de culpas. Y en ese contraste —entre la mancha que crece y la verdad que se borra— se revela la esencia de un gobierno que ha decidido que la realidad es negociable. En México, hoy, los desastres ya no se explican: se administran. Y la verdad, como el petróleo en el agua, siempre termina saliendo a la superficie. Aunque el gobierno insista en no verla.
Hasta mañana