Por Mario Candia
27/3/26
LAS ENCUESTAS En política hay dos tipos de realidades: la que se camina y la que se fabrica. La primera huele a calle, a sudor, a puerta tocada y a mano estrechada; la segunda, en cambio, suele venir perfumada de escritorio, maquillada con porcentajes y disfrazada de certeza técnica. Y cuando ambas realidades chocan, lo que emerge no es la verdad… sino la sospecha.
LA CAPITAL La más reciente encuesta de Rubrum sobre la elección municipal de San Luis Potosí es un buen ejemplo de ello. A simple vista, el tablero parece claro: Morena encabeza la intención de voto con 24.8%, seguido de cerca por el PAN con 23.4%. Nada extraordinario. Un escenario competitivo, abierto, con un 18.6% de indecisos que terminará por inclinar la balanza. Hasta ahí, todo dentro del guion. Pero la política, como la anatomía, siempre revela sus anomalías cuando se le observa con detenimiento.
EL PAN El dato verdaderamente interesante —y profundamente incómodo— está dentro del PAN. Según la encuesta, Rubén Guajardo tiene 35.4% de preferencia interna, mientras que Verónica Rodríguez le pisa los talones con 34.4%. Un empate técnico. Un duelo parejo. Una competencia cerrada. El problema es que esa fotografía no corresponde con la realidad que se vive en el territorio.
EL SOSPECHOSISMO Porque mientras Guajardo lleva meses —años— haciendo política de a pie, recorriendo colonias, construyendo presencia, operando en tierra con disciplina casi obsesiva, la senadora Verónica Rodríguez ha optado por una estrategia distinta: la lejanía. Su ausencia del territorio potosino no es percepción, es evidencia. No hay estructura visible, no hay trabajo sistemático de campo, no hay narrativa territorial que sostenga ese nivel de posicionamiento.
EL SÍNTOMA Y entonces surge la pregunta incómoda, ¿cómo se construye casi un empate desde la ausencia? La respuesta puede ser técnica… o política. Porque las encuestas, aunque se vendan como instrumentos científicos, también pueden convertirse en herramientas de inducción narrativa. No miden únicamente lo que la gente piensa; a veces ayudan a decirle a la gente qué debería pensar. Son termómetro, sí, pero también pueden ser propaganda con bata de laboratorio. Y aquí es donde la encuesta de Rubrum deja de ser un dato para convertirse en un síntoma.
LOS NÚMEROS Un síntoma de una política que cada vez confía menos en la legitimidad del territorio y más en la ilusión de los números. Un síntoma de partidos que intentan construir candidaturas desde la simulación estadística en lugar de la construcción social. Un síntoma, en pocas palabras, de una democracia que empieza a padecer lo que podríamos llamar una especie de “demoscopía delirante”: creer que un porcentaje sustituye al trabajo político real.
EL FOCO Mientras tanto, del otro lado, Morena avanza sin demasiado ruido y el Partido Verde ordenando su propio tablero. El PRI, en cambio, confirma su extravío: un partido donde “otro” tiene más fuerza que cualquier nombre propio es un partido que ya ni siquiera compite… apenas sobrevive. Pero el foco no está ahí. El foco está en el PAN y en su dilema fundamental: apostar por quien pisa tierra… o por quien aparece bien en el papel.
LA PERCEPCIÓN Porque al final, en política, la gravedad existe. Y siempre termina por imponerse. Se puede inflar una candidatura en una encuesta, pero no se puede inflar una elección. Se puede simular presencia en números, pero no se puede simular estructura frente a las urnas. Se puede maquillar la percepción, pero no se puede engañar indefinidamente a la realidad. Y cuando llegue el momento —porque siempre llega— la pregunta dejará de ser quién mide más… y pasará a ser quién realmente está. Porque en San Luis Potosí, como en cualquier lugar donde la política aún se juega en la calle, las elecciones no las ganan las encuestas. Las ganan los que sí fueron.
Hasta el lunes.