Por Mario Candia
2/3/26
LUNA Hay noches que no se repiten, no porque sean irrepetibles en el calendario, sino porque algo en ellas —un acorde, una voz, una luna— decide quedarse a vivir en la memoria. La de anoche, en la Plaza de los Fundadores, fue una de esas raras conspiraciones del tiempo. Una luna llena suspendida como testigo antiguo, el aire fresco —casi impropio de la primavera potosina— y, al centro, la voz herida y luminosa de Diego El Cigala.
CONFESIÓN No fue un concierto: fue una confesión. El Cigala no canta, desgarra. Su voz no busca la perfección, sino la verdad, y en ese tránsito deja ver las grietas, las cicatrices, los años. Hay en su cante una forma de lamento que no pide consuelo, que se asume como destino. Y ahí, en esa crudeza, ocurre la magia: el dolor se vuelve belleza, el desgarro se vuelve compañía. El bolero —ese género que algunos creen domesticado— recupera con él su filo original, su vocación de herida abierta.
FLAMENCO La noche avanzó como una procesión íntima. Cada canción era una estación de melancolía, una escala en esa geografía emocional que sólo el bolero sabe trazar: el amor que fue, el que no pudo ser, el que sigue doliendo aunque ya no exista. Y en medio de esa ruta, la fusión: jazz, flamenco, son cubano. No como artificio, sino como lengua viva, como un idioma mestizo que entiende que la nostalgia también se baila.
INMENSA Se extrañó, claro, la sombra inmensa de Bebo Valdés. Su ausencia es una forma de silencio que todavía resuena. Pero el piano de Jaime Calabuch no intentó reemplazarlo —lo cual habría sido un error—, sino dialogar con ese legado desde su propia voz. Y lo hizo con solvencia, con sensibilidad, entendiendo que en esa música no se trata de lucirse, sino de acompañar el dolor ajeno como si fuera propio.
REIVINDICACIÓN El sonido, impecable. A la altura de lo que exige una voz que no admite concesiones. Porque cuando el arte es honesto, no necesita adornos, pero sí respeto técnico. Y anoche lo hubo. Cada nota encontró su lugar, cada silencio tuvo peso, cada pausa dijo algo. El Festival San Luis en Primavera, tan propenso a veces al espectáculo vacío, encontró en esta noche una reivindicación: la de entender que la cultura no siempre debe ser estridente para ser memorable. A veces basta una voz rota, una luna llena y una plaza dispuesta a escuchar.
RESISTENCIA Porque al final, eso fue lo más poderoso: el público. Esa multitud que, en silencio, aceptó el pacto. Que entendió que no estaba ahí para distraerse, sino para sentir. Y sentir, en estos tiempos, es casi un acto de resistencia. Anoche, en Fundadores, no sólo se cantó. Se recordó que hay dolores que no queremos olvidar, porque en ellos —paradójicamente— también habita lo más hermoso que somos.
Ahora si hasta el lunes.