Caminar para creer: la peregrinación a San Juan de los Lagos

LA VERDAD Y EL CAMINO

Por: Aquiles Galán 

Hay viajes que no se hacen solo para llegar. Se hacen para sentir, para pensar, para aguantar, para agradecer y, en muchos casos, para volver distinto. La peregrinación a San Juan de los Lagos es uno de esos viajes. No importa si se hace en carro, en moto, a caballo o a pie.

Lo que realmente mueve a la gente es la fe. Pero cuando se hace caminando, esa fe toma otro peso, otro sentido, otra profundidad. Cada paso cuesta. Cada noche pesa. Y cada tramo deja dentro algo muy especial.

Yo llevo cinco años haciendo este camino, y cada año me deja una enseñanza distinta. Inicie con 14 años, al principio, como pasa con muchas cosas, uno cree que va por el reto. Por probarse a sí mismo. Por ver de qué se está hecho. Por aguantar el cansancio, el sol, el frío, el sueño, el dolor en los pies, todo como una muestra de resistencia. Y sí, eso forma parte del viaje. Pero con el tiempo entendí que no se trata solo de resistencia. Se trata de algo más íntimo. De una experiencia que te mueve por dentro, que cambia la forma de mirar la vida, a las personas, tus convicciones y hasta la fe.

La devoción a la Virgen de San Juan de los Lagos no empezó contigo ni conmigo. Lleva siglos caminando. Es una tradición muy antigua, que con el paso de los años se fue volviendo una de las expresiones religiosas más fuertes del país. Tiene raíces que se remontan a los primeros años del siglo XVII. De acuerdo con registros culturales e históricos, el culto comenzó a consolidarse en torno a la imagen traída por evangelizadores, y su fama creció a partir de los llamados milagros atribuidos a la Virgen, particularmente el que se sitúa en 1623 o 1625, cuando se le relaciona con la recuperación de una niña herida de muerte. Con el paso del tiempo, el santuario fue creciendo hasta convertirse en la Basílica actual, concluida en 1769, y la peregrinación terminó por convertirse en una expresión masiva de fe que hoy reúne a millones de fieles durante todo el año. 

En el caso de la ruta de San Luis Potosí hacia San Juan de los Lagos, el trayecto se conectó con antiguos caminos del Bajío y del Altiplano potosino, vinculados al Camino Real San Luis-Guadalajara. Después de la guerra chichimeca, esos pasos comenzaron a abrirse y, tras el primer gran milagro atribuido a la Virgen, el tránsito de viajeros se transformó también en tránsito de peregrinos. Por eso lugares como Villa de Arriaga adquirieron una relevancia especial como punto de paso, descanso y encuentro espiritual.

Pero la peregrinación no se entiende de verdad hasta que se camina. La ruta de San Luis Potosí a San Juan de los Lagos es, por sí sola, una historia completa. Salir de San Luis, pasar por El Tepetate, Villa de Arriaga, El Rosario, Ocampo, Nanangela, El Novillo, Las Amarillas, Paso de 40, Llanos de Miranda, La Pila, Lagos de Moreno, Agua de Obispo y finalmente llegar a San Juan no es cualquier cosa. Son aproximadamente tres días y tres noches a pie, aproximadamente uno 200 kilómetros de recorrido, dependiendo de donde partas por supuesto. Tres días en los que el cuerpo se cansa, pero el espíritu sigue. Tres días donde conviven niños, adolescentes, adultos y personas mayores, todos con una misma intención: llegar, agradecer, pedir o pagar una manda, pero por sobre todo fortalecer la Fe. 

Y ahí es donde este viaje se vuelve especial, porque nadie camina solo. Aunque cada uno vaya a su propio ritmo, el camino termina uniendo a todos. Se comparten pláticas, silencios, risas, cansancio y esperanza. Se conocen personas, se cruzan historias, se forman amistades. Lo extraordinario de esta peregrinación es que no separa lo religioso de lo humano. Al contrario, los mezcla Porque mientras uno camina, alguien ofrece un vaso de agua; alguien presta un lugar para dormir; alguien comparte comida; alguien cuida al que ya no puede seguir el paso y lo hacen porque saben que eso es lo correcto. También aparecen la gastronomía, los dulces, las artesanías, el folclor, los caballos, la cultura de rancho, la devoción y la alegría colectiva de saberse parte de algo más grande.

Con los años se descubre otra verdad: no se trata solo de aguantar, sino de comprender. De entender que en medio del cansancio también hay belleza. Que en los campos abiertos, en los ejidos sembrados, en el ganado pastoreando y en los amigos del camino hay una paz que la ciudad ya casi no deja ver. Y sobre todo, que todavía existen personas buenas, dispuestas a ayudar sin pedir nada a cambio.

Esa es quizá una de las mayores enseñanzas de la peregrinación. Devuelve la confianza en la humanidad y en tiempos donde todo parece correr detrás del interés, ese gesto vale más de lo que parece. Y eso es algo que solo México puede ofrecer de esa manera: fe caminada, cultura viva y comunidad abrazando al peregrino.

Por eso esta peregrinación tiene tanto poder: porque no solo te acerca a un destino, te acerca a ti mismo.

Con el tiempo, yo he entendido que este viaje es mucho más que una meta. No se trata solo de llegar a la Basílica. Se trata de todo lo que pasa antes de llegar. De lo que aprendes cuando ya no puedes más. De lo que sientes cuando alguien te ayuda sin conocerte. De lo que descubres cuando ves que todavía hay gente buena, gente noble, gente que ayuda porque cree que así debe ser. Sin buscar gloria. Sin esperar nada. Solo por humanidad.

Cuando uno llega después de haber caminado tanto, algo cambia. No desaparece el cansancio de golpe, pero sí cambia la forma en que uno lo mira. Porque entiendes que cada paso tuvo sentido. Que cada noche, cada ampolla, cada madrugada y cada esfuerzo formaron parte de algo más grande. Frente a la Virgen de San Juan, uno no solo lleva una manda: lleva historias, dolores, agradecimientos, promesas y una fe que se volvió camino.

Por eso esta peregrinación no es solo una tradición. Es una forma de vivir. Es resistencia, devoción, entrega y esperanza. Es una manera de recordar que todavía existen cosas que valen la pena, aunque cuesten. Y es también una forma de volver distinto.

Yo llevo cinco años haciendo este viaje. Y de corazón espero que sean muchos más. Porque hay caminos que no solo te llevan a un lugar. Te llevan a entender quién eres.

Bonito día.

Compartir ésta nota:

Facebook
Twitter
LinkedIn
WhatsApp