Por Mario Candia
6/4/26
FRACTURA MORAL En México hay dos países: el que se cuenta en los informes oficiales y el que se escarba con las manos. Uno presume avances, cifras depuradas y narrativas de control; el otro acumula ausencias, fosas clandestinas y familias que buscan sin descanso. Entre ambos no hay un matiz técnico ni una diferencia metodológica: hay una fractura moral que crece con cada persona desaparecida y con cada expediente que duerme el sueño de la impunidad.
ONU El más reciente informe del Comité contra las Desapariciones Forzadas de la ONU no es un documento diplomático más, es una señal de alarma internacional que coloca a México en el centro de una crisis que ya no puede maquillarse. El país concentra 819 acciones urgentes por desaparición forzada, es decir, el 38% de todos los casos registrados en el mundo, y en apenas cinco meses —de septiembre de 2025 a febrero de 2026— sumó 40 nuevos casos, más de un tercio de los registros globales recientes. No es una anomalía estadística, es una constante. México no solo enfrenta un problema: se ha convertido en referencia global del mismo.
TRAGEDIA Pero mientras la ONU habla de una crisis estructural con posibles responsabilidades del Estado, el gobierno mexicano responde con una narrativa de contención. Reconoce la existencia del fenómeno, pero rechaza su carácter sistemático y niega que exista una política de desaparición forzada. Desde esta lógica, el problema se reubica en el terreno de la delincuencia organizada y se subrayan los avances institucionales construidos desde 2018. La estrategia es clara: disputar el significado de la tragedia.
OLVIDO INSTITUCIONAL Sin embargo, los datos que emergen desde los colectivos y organizaciones civiles desbordan cualquier intento de reinterpretación. En México hay más de 130 mil personas desaparecidas, pero también existen al menos 84 mil cuerpos sin identificar en servicios forenses, una cifra que por sí sola revela el colapso del sistema. A ello se suma otro dato igual de inquietante: solo una fracción de los casos cuenta con una carpeta de investigación activa, lo que convierte la desaparición no solo en un crimen, sino en una condena al olvido institucional.
COLECTIVOS Mientras el Estado ajusta cifras, las familias buscan. Y lo hacen en condiciones extremas, sin recursos, sin protección y, muchas veces, bajo amenaza. Colectivos de madres buscadoras han documentado no solo la ineficacia gubernamental, sino también la ausencia de garantías mínimas de seguridad para quienes realizan estas labores. En México, buscar a un desaparecido no es una política pública: es una forma de resistencia. Y en no pocos casos, una sentencia de riesgo.
DESACUERDO El fondo del desacuerdo entre la ONU y el gobierno no está en los números, sino en su interpretación. Para el organismo internacional, la responsabilidad del Estado no se limita a la participación directa, sino que incluye la omisión, la tolerancia y la incapacidad sistemática para prevenir, investigar y sancionar. Para el gobierno, en cambio, la ausencia de una política deliberada excluye cualquier señalamiento estructural. Pero en materia de derechos humanos, la incapacidad también es responsabilidad, y la omisión prolongada termina por adquirir la forma de una política no declarada.
MAQUILLAJE México ya ha reconocido en el pasado que enfrenta una crisis humanitaria por desapariciones, pero hoy la discusión parece haberse desplazado hacia otro terreno: el de la administración del daño. Reducir cifras, reclasificar casos, matizar diagnósticos. Convertir el horror en dato y el dato en discurso. Pero hay algo que no se puede maquillar, y es la ausencia, ese vacío que se instala en las familias y que ninguna estadística logra llenar.
AUSENCIA Porque los desaparecidos no son números, son huecos, y un país lleno de huecos no se gobierna, se desmorona lentamente, como una estructura corroída desde dentro que aparenta estabilidad mientras pierde sustancia. Esa es la tragedia silenciosa de México: la normalización de la ausencia, la burocratización del dolor, la conversión del horror en estadística administrable.
GEOGRAFÍA DEL ABANDONO Y sin embargo, en medio de esta geografía del abandono, hay historias que condensan toda la dimensión humana de la tragedia. Hace apenas unos días, Ceci Flores, una de las madres buscadoras más visibles y persistentes del país, anunció que finalmente encontró los restos de su hijo tras años de búsqueda incansable, de recorrer desiertos, de escarbar la tierra con sus propias manos, de desafiar no solo al olvido institucional, sino también al miedo.
VÍCTIMAS No lo encontró el Estado, no lo encontró una fiscalía, no lo encontró ninguna de las instituciones que presumen avances en informes y conferencias; lo encontró ella. Y en ese acto profundamente íntimo y devastador se encierra una verdad que ningún comunicado oficial puede refutar: en México, el derecho a la verdad y a la justicia ha sido delegado a las víctimas.
NARRATIVA Ese hallazgo, que debería ser un momento de cierre, se convierte también en una acusación silenciosa pero contundente, porque cuando una madre tiene que hacer el trabajo del Estado, lo que está en crisis no es el dato, no es la metodología, no es la narrativa. Es el país.
Hasta mañana.