El campo fragmentado y el espejo a un Mundial.

LA VERDAD Y EL CAMINO

POR: Aquiles Galán

México se prepara para recibir el Mundial de 2026. Un evento que obliga a ordenar ciudades, mejorar movilidad, cuidar la imagen pública y, sobre todo, reducir cualquier ruido que pueda escalar a crisis visible. Ahí está el punto de partida de nuestra conversación el día de hoy.

Y no es que el Estado no pueda reaccionar. Es que elige cuándo hacerlo con urgencia.

Cuando hay reflectores, hay capacidad.
Cuando hay presión internacional, hay respuesta.
Cuando hay evento, hay estrategia.

La protesta del campo de hoy no nace de un solo desacuerdo. Nace de una estructura que lleva años deshilachándose. México sigue teniendo un campo fragmentado por tamaño, por acceso al agua, por tipo de producción y por la capacidad real de resistir los costos. La gran arquitectura legal del régimen agrario se remonta a la reforma de 1992 al artículo 27 constitucional; desde entonces ha habido reformas puntuales a la Ley Agraria, pero no una reconstrucción de fondo comparable con aquella reconfiguración original.

Y ahí aparece el primer problema de fondo: el Estado sigue atendiendo al campo sin terminar de mapearlo. El propio INEGI muestra por qué ese mapeo es indispensable: en 2022 había 4.6 millones de unidades de producción agropecuaria; 56.0% de las unidades con agricultura a cielo abierto tenía hasta dos hectáreas sembradas; 73.2% de la superficie sembrada era de temporal; y solo 13.3% de las unidades con hasta dos hectáreas tenía riego, frente a 37.5% entre las que superaban las 20 hectáreas. Eso no describe un sector homogéneo: describe un país rural partido en realidades muy distintas, con desigualdades que cambian de municipio a municipio.

Por eso el “mapeo agrario” no es una idea técnica, sino política. El Censo Agropecuario fue diseñado precisamente para ofrecer un marco estructural actualizado del campo y para abrir información con altos niveles de desagregación por municipio, regiones y microrregiones. Esa base ya existe; lo que falta es convertirla en una política territorial de verdad, capaz de diferenciar por vocación productiva, cultura local, acceso al agua, tamaño de la parcela y tipo de vulnerabilidad. Sin eso, el gobierno termina administrando síntomas en vez de resolver la enfermedad.

En esa lógica, los apoyos federales ayudan, pero también fragmentan. Programas como Producción para el Bienestar se asignan según umbrales de superficie y tipo de cultivo; por ejemplo, contemplan hasta 20 hectáreas de temporal o hasta 5 de riego, con montos que varían según el estrato. Los Precios de Garantía también operan con límites parecidos: pequeño productor hasta 30 hectáreas de temporal o hasta 5 de riego. Esto no es necesariamente incorrecto, pero sí confirma que la política pública sigue funcionando por compartimentos, no como una estrategia integral de reactivación del campo.

Y aquí entra el agua, que no debe leerse como un tema aislado, sino como la causa de las causas. El propio Gobierno de México, a través de Conagua y del Programa Nacional de Tecnificación de Riego, plantea la tecnificación para producir más alimentos con menos agua, destinar excedentes al consumo humano y recargar acuíferos. Además, el plan contempla tecnificar 200 mil hectáreas de riego. Eso es una admisión implícita: el campo mexicano todavía no está suficientemente tecnificado para enfrentar el nuevo ciclo de escasez y presión hídrica.

Por eso la crisis no se explica solo por precios, apoyos o bloqueos. Se explica por décadas de rezago institucional, por una política agraria que dejó de pensar en el territorio como un mosaico vivo y empezó a tratarlo como una categoría uniforme. Cuando el campo pide agua, crédito, infraestructura, tecnificación y mercado, en realidad está pidiendo algo más básico: que el Estado lo mire con la precisión con la que debería haberse gobernado siempre.

Y el futuro depende de eso. Si el país sigue respondiendo con parches, los apoyos seguirán sirviendo para vendar heridas, no para curarlas. Pero si por fin se entiende que cada región tiene su propia economía, su propia cultura productiva y su propio nivel de vulnerabilidad, entonces el campo puede dejar de ser el lugar donde México solo reacciona y empezar a ser el lugar donde México por fin se reconstruye.

Bonito día.

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