Por Mario Candia
7/4/26
INCONFORMIDAD México tiene una extraña vocación: cuando el mundo lo mira, el país sangra. No es casualidad, es patrón. En 1968, mientras el gobierno se preparaba para recibir los Juegos Olímpicos, las calles hervían de inconformidad. El desenlace fue brutal: la Matanza de Tlatelolco dejó claro que el Estado estaba dispuesto a imponer silencio a cualquier costo. Dos años después, en 1970, el Mundial se jugó sobre un país que aún no terminaba de limpiar la sangre de su plaza más emblemática.
TERREMOTO En 1986, México volvió a ser anfitrión del mundo, pero esta vez con el alma rota. Apenas un año antes, el Terremoto de México de 1985 había reducido a escombros no solo edificios, sino certezas. La sociedad civil emergió entre ruinas, mientras el Estado exhibía su incapacidad. El balón rodó, sí, pero sobre una nación en duelo, sostenida más por la solidaridad ciudadana que por sus instituciones.
MALDICIÓN Hoy, en 2026, México vuelve a colocarse bajo los reflectores. Compartirá el escenario con Estados Unidos y Canadá en la justa futbolística más importante del planeta. Pero otra vez, como si se tratara de una maldición cíclica, el país llega fracturado. No por un terremoto visible, sino por uno más profundo: la violencia que se ha vuelto paisaje, rutina, resignación.
HERIDAS México es hoy un territorio atravesado por ausencias. Más de cien mil desaparecidos no son una cifra: son una herida abierta que camina, que busca, que grita. Las madres buscadoras han hecho del país un mapa de fosas clandestinas, un cementerio sin lápidas. Mientras tanto, el Estado parece jugar a otra cosa, más preocupado por la logística del espectáculo que por la urgencia del dolor.
EXTORSIONES En el campo, los agricultores siembran con miedo: la extorsión se ha convertido en un impuesto criminal. En las carreteras, los transportistas no circulan, sobreviven: robos, secuestros y violencia los acompañan kilómetro a kilómetro. Hay regiones donde la ley es apenas un rumor y donde el poder real tiene otros nombres, otros códigos, otras armas.
MODERNIDAD Y sin embargo, los estadios se alistan. Se afinan detalles, se proyecta una imagen de modernidad, de orden, de hospitalidad. México, una vez más, se maquilla para la vitrina global. El Mundial será impecable en transmisión, vibrante en las gradas, espectacular en su narrativa oficial. Pero debajo de esa superficie, late otra historia: la de un país que no ha logrado reconciliarse consigo mismo.
COSTUMBRE El riesgo no es solo de imagen. Es más profundo. Es el peligro de acostumbrarse. De normalizar que el espectáculo conviva con la tragedia, que el gol oculte la fosa, que la celebración silencie el duelo. México no organiza mundiales: los sobrevive. Y cada vez que el mundo aplaude, el país confirma que ha aprendido a vivir con sus heridas abiertas… sin atreverse, todavía, a curarlas.
Hasta mañana.