Elecciones en riesgo: el laboratorio potosino.

El Radar
Por Jesús Aguilar

San Luis Potosí no está observando el fenómeno nacional… lo está encarnando.
El diagnóstico que advierte sobre elecciones en riesgo —fractura interna, desgaste político y alianzas inestables— encuentra en el escenario potosino un terreno adelantado.
Lo que en el plano nacional se presenta como advertencia, aquí ya forma parte de la operación cotidiana del poder.
El mapa es claro, aunque incómodo: un bloque gobernante con capacidad estructural, pero sin cohesión plena, tan es así que termina reclutando a figuras del jurásico de la “maldita herencia”; un partido aliado debilitado en territorio y narrativa; una oposición que no construye fuerza propia, pero que permanece en espera del error ajeno; y una serie de actores emergentes que orbitan sin disciplina partidista.
El resultado no es equilibrio democrático, sino fragmentación política.
El problema de fondo no radica únicamente en quién pueda ganar la próxima elección, sino en las condiciones bajo las cuales se está configurando.
Las alianzas funcionan más como acuerdos tácticos que como proyectos compartidos. Eso implica que la ruptura no sería una anomalía, sino una consecuencia lógica.
A la par, se percibe un desfase creciente entre el ejercicio del poder y la construcción electoral: gobernar no necesariamente equivale a controlar políticamente el territorio.
En ese contexto, la oposición encuentra su espacio no por mérito propio, sino por desgaste del adversario o acuerdos que solo se cumplen por encima de la mesa, cómo en la capital donde las pantorrillas están totalmente moreteados.
No necesita crecer de manera extraordinaria; le basta con mantenerse competitiva frente a un bloque que empieza a mostrar fisuras.
Sí Verde y Morena fueran juntos, hoy la discusión en San Luis se habría acabado. Del otro lado, la ciudadanía aparece cada vez menos anclada a identidades partidistas y más expuesta a emociones coyunturales: hartazgo, apatía o reacción. Esa combinación vuelve la elección particularmente volátil.
Pero el verdadero punto de tensión no está en la superficie electoral, sino en la dinámica interna del poder.
Las señales son consistentes: tensiones entre grupos, liderazgos que no terminan de consolidarse, aspiraciones adelantadas que rompen tiempos y una operación política que se dispersa.
El fin de semana pasado en Valles, Zumaya género más dudas que certezas y su golpeteo contra la dirigente estatal morenista cancelan los números de que va liderando encuestas que solo presentan sus lacayos.
No se trata de una oposición fuerte; se trata de un oficialismo que comienza a dividirse. Pero aún así es la fuerza absolutamente dominante.
Cuando eso ocurre, la elección deja de ser una competencia tradicional y se transforma en una disputa interna por el control del futuro. San Luis Potosí podría convertirse, en ese sentido, en un termómetro adelantado de lo que puede suceder en otros estados: un sistema político donde las alianzas no resisten la presión electoral y donde la incertidumbre pesa más que las estructuras.
Y no es la primera vez. El ADN huachichil reciclado en tiempos del influencer político es una catástrofe brutal para el ciudadano.
Más que una contienda entre bloques, lo que se aproxima es una redefinición del propio poder. Porque cuando la fragmentación se instala dentro del grupo gobernante, el resultado ya no depende únicamente de la fuerza del adversario, sino de la capacidad —o incapacidad— de sostener la cohesión.
No está en juego solo quién gana.
Está en juego si el sistema político local puede sostenerse sin fracturarse en el intento. Estamos con la lupa en el tablero…

Compartir ésta nota:

Facebook
Twitter
LinkedIn
WhatsApp