El Radar
Por Jesús Aguilar.
No es común que el Vaticano intervenga en el debate global con una frase que, sin nombres propios, retrate con precisión quirúrgica a buena parte del poder contemporáneo.
Pero esta vez ocurrió. Y no fue un matiz diplomático: fue una línea moral.
El papa León XIV lo dijo desde Argelia, en un contexto cargado de tensión internacional: Dios “no está con los malvados, con los prepotentes, con los soberbios; está con los pequeños y los humildes”.
Ya lo sabíamos, pero valía la pena aclararlo…
No es solo una declaración religiosa. Es una toma de postura política en el sentido más profundo: el de los valores que legitiman —o deslegitiman— el ejercicio del poder.
El mensaje no surge en el vacío. Llega en medio de una escalada de confrontación con el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien ha cuestionado públicamente al pontífice por su postura contra la guerra y su defensa del diálogo.
Y en ese choque, el Papa ha decidido no refugiarse en la neutralidad tradicional, sino asumir un papel incómodo: el de contrapeso moral frente al poder político.
Lo relevante no es el conflicto personal. Es el fondo. León XIV está delineando una narrativa que rompe con una tendencia global: la normalización del poder arrogante, la exaltación del liderazgo fuerte como sinónimo de eficacia y la utilización de la religión como herramienta de legitimación política.
El Papa hace exactamente lo contrario. Desarma esa lógic, y con eso es el único líder mundial que hoy puede desafiar con algo más que poder político o militar a Trump, lo hace con la fe y apoyo de miles de millones.
Cuando señala que Dios no está con los soberbios, está cuestionando una forma de gobernar basada en la imposición, en la fuerza y en la construcción de enemigos.
Cuando afirma que está con los humildes, está redefiniendo el concepto de poder: no como dominación, sino como servicio.
Es, en términos contemporáneos, una disputa por el significado del liderazgo.
El impacto de este posicionamiento va más allá de la Iglesia. Coloca a los liderazgos políticos —incluidos los de México— frente a un espejo incómodo: ¿desde dónde se ejerce el poder? ¿desde la legitimidad moral o desde la capacidad de imponerse?
Porque el fenómeno no es exclusivo de Washington. En América Latina, y particularmente en México, la retórica del poder también ha transitado por momentos de soberbia, polarización y descalificación del otro como método de control narrativo.
La diferencia es que ahora hay una voz global que está marcando línea.
León XIV no está haciendo política partidista. Está haciendo algo más complejo: está reconstruyendo el lenguaje ético del poder en un momento donde ese lenguaje parecía haber desaparecido.
Y eso tiene consecuencias.
Porque cuando el poder pierde el anclaje moral, deja de ser liderazgo y se convierte en imposición. Y cuando alguien con autoridad simbólica global lo señala, no está opinando: está redefiniendo el terreno de juego.
En esa frase hay una advertencia, pero también una oportunidad.
La advertencia es clara: el poder sin humildad se desconecta de cualquier legitimidad trascendente.
La oportunidad también: recuperar la idea de que gobernar no es imponerse, sino sostener —con responsabilidad— el peso de los otros.
En un mundo que ha confundido fuerza con grandeza, el Papa acaba de recordar algo incómodo: la soberbia nunca ha sido virtud… ni aquí abajo y mucho menos allá arriba.