Por Mario Candia
22/4/26
TEOTIHUACÁN México no se volvió violento de un día para otro; se volvió indiferente. Y esa es una mutación mucho más peligrosa. El tiroteo en la zona arqueológica de Teotihuacán no es solo una tragedia: es una radiografía. Un hombre de 27 años sube a la Pirámide de la Luna, saca un arma y dispara contra turistas como si estuviera en un campo de tiro. El saldo es brutal: una turista canadiense asesinada, al menos 13 personas heridas —incluidos menores de edad— y escenas de pánico en uno de los sitios más visitados del país.
SÍNTOMA La narrativa oficial ya empezó a construir su coartada: un “lobo solitario”, un perfil alterado, un imitador de Columbine. Y sí, todo indica que el agresor planeó el ataque y consumía contenidos de masacres, incluso glorificándolas. Pero reducir el hecho a la patología individual es una forma elegante de evadir la responsabilidad estructural. Porque aquí la pregunta no es solo quién disparó, sino cómo entró armado, cómo subió sin control, cómo operó sin ser detectado y por qué nadie estaba preparado para responder. Ahí es donde el caso deja de ser un hecho aislado y se convierte en síntoma.
ESCAPARATE Teotihuacán recibe cerca de 1.8 millones de visitantes al año. Es un símbolo nacional, un escaparate global. Y aun así, no existían protocolos básicos de revisión, ni detectores de metales, ni filtros reales de seguridad. El Estado estaba ahí… pero no estaba. Presente en la postal, ausente en la prevención. El resultado no es solo una víctima, es una escena internacional.
TURISMO El tiroteo recorrió el mundo en cuestión de horas. Medios europeos, estadounidenses y latinoamericanos replicaron la misma imagen: turistas corriendo entre pirámides milenarias mientras son perseguidos por disparos. México, el país que se prepara para recibir al mundo en el Mundial de 2026, proyectando exactamente lo contrario de lo que necesita: descontrol, vulnerabilidad y violencia en espacios emblemáticos. A 51 días del arranque del torneo, el mensaje es devastador.
NORMALIZAR Porque este no es un episodio aislado en un país seguro. Es un episodio más en un país atravesado por la impunidad, el crimen organizado y una crisis de desaparecidos que ya supera cualquier categoría de emergencia humanitaria. Es el mismo país donde la violencia no solo existe, sino que se administra: se contabiliza, se clasifica, se minimiza. Y se normaliza.
ANOMALÍA La normalización es el verdadero escándalo. No el disparo, sino la reacción. No el crimen, sino su digestión social. La conversación pública no gira en torno a cómo evitamos que esto vuelva a ocurrir, sino en cómo lo explicamos sin que parezca sistémico. Se busca encapsularlo, aislarlo, etiquetarlo como anomalía. Pero la anomalía sería que esto no ocurriera. Porque México ya no solo vive con violencia; vive acostumbrado a ella.
VIOLENCIA Y cuando una sociedad se acostumbra a la violencia, ocurre algo más profundo: se vuelve paranoica. Cambia sus rutinas, mide sus desplazamientos, desconfía de todo. Privatiza su seguridad, se encierra, se fragmenta. El miedo deja de ser una emoción y se convierte en estructura. Lo ocurrido en Teotihuacán no es un caso de un “loco” que un día decidió disparar. Es la consecuencia de un sistema que permite que eso sea posible. De una seguridad simulada, de protocolos inexistentes, de instituciones que reaccionan, pero no previenen. Y esa es la verdadera tragedia. Porque el problema no es que haya violencia. El problema es que ya aprendimos a convivir con ella.
Hasta mañana.