Fracking: el territorio contra el Estado

El RADAR

Por Jesús Aguilar

El debate dejó de ser técnico. Hoy es político, territorial y profundamente moral.

El 4º foro “No al fracking en defensa del territorio, el agua y la vida” en San Luis Potosí no fue un evento más: fue la rearticulación de una resistencia estructurada. Comunidades indígenas, académicos y organizaciones no solo rechazaron la fractura hidráulica, sino que colocaron el tema en su dimensión real: agua, salud y supervivencia comunitaria

Los datos no son menores:

• Hasta 29 millones de litros de agua por pozo

• Uso de cientos de sustancias químicas

• Riesgos documentados: contaminación, daño a la salud, impacto climático y alteración del tejido social. 

Y en el fondo, una advertencia que redefine el debate:
no hay territorio suficiente —ni agua suficiente— para sostener esa apuesta.

Lo que está ocurriendo no es solo una discusión energética. Es una fractura narrativa del Estado mexicano.

Por un lado:

• El gobierno empuja —con cautela discursiva— la explotación de gas bajo el concepto de “yacimientos de geología compleja”. 

• El argumento: soberanía energética y reducción de la dependencia del gas estadounidense (hoy cercana al 75%). 

Por el otro:

• Comunidades y organizaciones denuncian un giro político que contradice compromisos previos. 

• Más de 80 organizaciones ya han rechazado públicamente el fracking, señalando riesgos ambientales y sociales ampliamente documentados. 

Y en medio de esa tensión aparece el punto crítico:

La soberanía energética se está planteando… a costa de la soberanía territorial de las comunidades.

Porque el conflicto ya no es técnico. Es de legitimidad:

• ¿Quién decide sobre el territorio? 

• ¿El Estado central o las comunidades que lo habitan? 

Lo que vimos en la Huasteca no es protesta: es modelo de resistencia política organizado.

Las comunidades ya están construyendo ruta:

• Actas de asamblea como figura de autoridad legal. 

• Coordinación intercomunitaria. 

• Presión a ayuntamientos (uso de suelo). 

• Exhorto al Congreso para prohibición constitucional del fracking. 

Es decir:
están pasando de la indignación… a la arquitectura institucional de defensa.

Y eso da un giro de tuerca en el manejo y proyección.

Porque el gobierno puede abrir el debate técnico.
Puede convocar expertos.
Puede matizar el discurso.

Pero hay un dato que no se puede maquillar:

En regiones como la Huasteca, ya existe un consenso social de inviabilidad del fracking. 

Este no es solo un conflicto ambiental. Es un choque de modelos de país:

1. Modelo 1: soberanía energética basada en hidrocarburos (aunque sea “modernizada”). 

2. Modelo 2: defensa territorial con transición a energías limpias. 

El problema es que ambos caminos son mutuamente excluyentes en el corto plazo.

Y ahí está la tensión de fondo:

• Apostar por el fracking implica profundizar la dependencia fósil

• Rechazarlo implica acelerar una transición energética para la que México aún no está listo. 

El fracking en México no va a decidirse en los escritorios técnicos.

Se va a decidir en algo mucho más incómodo para el poder:

la capacidad de las comunidades para resistir… y obligar al Estado a negociar su modelo de desarrollo.

Porque cuando el territorio habla,
ya no es política pública…

es disputa de soberanía.

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