El Radar
Por Jesús Aguilar
Mientras Corea del Sur discute cómo enseñar programación desde primaria, Finlandia rediseña modelos de pensamiento crítico y China convierte la educación científica en política de Estado, México decidió mandar a millones de niños a sus casas por calor… y por fútbol.
Sí: fútbol.
La decisión de la SEP de adelantar el cierre del ciclo escolar al 5 de junio —cuando originalmente terminaba el 15 de julio— no es un simple ajuste administrativo. Es una señal cultural profundamente preocupante sobre las prioridades nacionales.
Porque no estamos hablando de una semana.
Ni de una contingencia regional.
Ni de una suspensión temporal.
Estamos hablando de reducir el calendario efectivo de clases de 185 a 157 días y dejar prácticamente tres meses fuera de las aulas a millones de estudiantes mexicanos.
En un país que ya arrastra uno de los peores rezagos educativos de América Latina.
México quedó en el lugar 51 de 81 países en la prueba PISA 2022. El 66% de los estudiantes tuvo bajo rendimiento en matemáticas; 51% en ciencias y 47% en lectura.
Ese debería ser un dato suficiente para declarar emergencia educativa nacional.
Pero aquí ocurrió exactamente lo contrario.
En vez de extender tutorías, reforzar contenidos, recuperar aprendizajes perdidos tras la pandemia o invertir agresivamente en infraestructura escolar climática, el Estado mexicano optó por recortar clases.
Y el mensaje simbólico es devastador.
Porque el Mundial podrá durar unas semanas.
El daño educativo puede durar generaciones.
Sí, el calor es real. Y sí, hay escuelas mexicanas que son prácticamente hornos de lámina. Salones sin ventilación, sin árboles, sin agua suficiente y con temperaturas que en estados como San Luis Potosí o Nuevo León pueden superar los 40 grados. Eso también es fracaso del Estado.
Pero precisamente por eso la discusión debía ser otra.
¿Por qué México no tiene infraestructura escolar digna para enfrentar el clima?
¿Por qué seguimos construyendo escuelas vulnerables al calor extremo?
¿Por qué no hubo planeación preventiva?
¿Por qué un Mundial termina alterando el calendario educativo de todo el país, incluso en ciudades donde no habrá un solo partido?
Ahí aparece el verdadero problema: la improvisación convertida en política pública.
Porque una cosa es adaptar horarios en regiones con temperaturas extremas. Otra muy distinta es alterar el calendario nacional completo mezclando calor, logística mundialista y discurso político como si fueran equivalentes.
Ni siquiera el argumento operativo termina de sostenerse.
El Mundial tendrá sedes concretas: Ciudad de México, Monterrey y Guadalajara. Pero la medida impacta desde comunidades rurales en la Huasteca hasta escuelas marginadas en Chiapas, Oaxaca o Zacatecas.
Y entonces surge la pregunta incómoda:
¿De verdad el país educativo debía detenerse por un evento deportivo?
La respuesta emocional quizá entusiasme a algunos. La respuesta estratégica debería alarmarnos.
Porque México ya vive una fractura silenciosa: la de millones de niños que saben menos de lo que deberían saber para su edad. Lectura deficiente, comprensión matemática debilitada, escritura fragmentada, abandono escolar creciente y enormes diferencias entre educación pública y privada.
La pandemia dejó cicatrices.
La digitalización desigual profundizó brechas.
Y ahora el país parece asumir que perder semanas de clase “no importa tanto”.
Sí importa.
Importa muchísimo.
Marco Fernández, de México Evalúa, lo dijo con claridad: ningún otro país tomó una decisión semejante y además se traslada el problema a miles de familias que ahora deberán resolver quién cuida a sus hijos durante semanas adicionales fuera de las aulas.
Ese punto casi no se está discutiendo.
Porque detrás del calendario hay una bomba social silenciosa: madres trabajadoras, padres sin redes de apoyo, niños solos en casa, gasto extra en cuidados, alimentación y transporte alterado. Para la clase media mexicana —ya exprimida por inflación y desgaste económico— esto no es una comodidad. Es otro problema logístico y financiero más.
Y todavía hay algo más delicado.
El precedente.
Porque si el calendario escolar puede modificarse abruptamente por razones políticas, deportivas o logísticas, entonces la educación deja de ser eje estratégico y se convierte en variable negociable.
Eso es gravísimo para cualquier país serio.
México no necesita menos escuela.
Necesita mejor escuela.
Más tiempo efectivo de aprendizaje.
Más comprensión lectora.
Más matemáticas.
Más ciencia.
Más pensamiento crítico.
Más preparación tecnológica.
Lo demás es maquillaje discursivo.
El problema no es que a los niños les guste el Mundial. El problema es que el país parece más dispuesto a reorganizar la educación alrededor del espectáculo que alrededor del conocimiento.
Y las naciones no se desarrollan por la cantidad de partidos que hospedan.
Se desarrollan por la calidad de ciudadanos que forman.