POPOL VUH 369

Por Mario Candia

13/5/26

CHILAPA La imagen es brutal: la Secretaría de Gobernación informando, con lenguaje burocrático y tono de normalidad, que establecerá “mesas por separado” con dos grupos en conflicto en Chilapa, Guerrero. No habla de células criminales, no habla de comunidades sitiadas, no habla de Estado rebasado. Habla de diálogo. Como si la República no estuviera negociando el acceso a su propio territorio, sino mediando una disputa vecinal por una barda mal puesta.

LA REALIDAD En Chilapa, la realidad volvió a romper el decorado oficial. Comunidades indígenas denunciaron ataques, desplazamientos, casas quemadas, bloqueos y abandono. Videos difundidos en redes muestran a mujeres y pobladores pidiendo ayuda incluso al gobierno de Estados Unidos, porque —dicen— el gobierno mexicano no les hace caso. La prensa ha documentado desplazamientos forzados, ataques atribuidos a Los Ardillos, presencia de Los Tlacos y una crisis que las autoridades intentan encapsular bajo el expediente cómodo de “conflicto entre grupos”.

DIÁLOGO Pero lo más grave no es sólo la violencia. Es la gramática del poder. Cuando el gobierno dice que los grupos “se retiraron” por la fuerza del diálogo, la pregunta inevitable es: ¿qué se negoció?, ¿con quién se negoció?, ¿a cambio de qué se retiraron?, ¿quién tiene realmente el control del territorio? Porque cuando el Estado necesita pedir permiso para entrar, ya no gobierna: administra su ausencia.

PRUDENCIA La presidenta afirmó que no se buscó un enfrentamiento para no afectar a la población civil, y eso podría sonar sensato si no fuera porque esa misma población lleva años pagando el costo de la prudencia oficial. La prudencia, cuando se prolonga frente al crimen, se parece demasiado a la rendición. Y la rendición, cuando se disfraza de diálogo, termina convertida en política pública.

PARADOJA Mientras Guerrero arde, Morena muestra músculo político en Chihuahua, convoca marchas contra la gobernadora Maru Campos y agita la bandera de la soberanía nacional. La paradoja es obscena: para confrontar adversarios políticos sobran consignas, camiones y temple; para enfrentar al crimen organizado, aparecen las mesas, los eufemismos y las negociaciones “por separado”. 

SOBERANÍA Chilapa no exhibe únicamente una crisis de seguridad. Exhibe una crisis de soberanía interna. Porque soberanía no es gritar contra Washington desde una mañanera; soberanía es que una comunidad indígena no tenga que pedirle auxilio a Trump para sobrevivir en México. Soberanía es que una carretera no dependa del permiso de un grupo armado. Soberanía es que la autoridad entre sin pactar con quienes secuestran pueblos.

CLAUDICACIÓN Lo de Chilapa no es un montaje. El montaje es pretender que el Estado dialoga porque es fuerte, cuando en realidad dialoga porque llegó tarde, llegó débil o llegó condicionado. Y en esa frontera moral, donde el gobierno llama “pacificación” a lo que parece claudicación, México vuelve a descubrir una verdad incómoda: no hay transformación posible cuando el poder se arrodilla ante quienes tienen las armas.

Hasta mañana.

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