En San Luis Potosí pasan cosas extraordinarias. Los términos avalados por la RAE no cuadran, ni tienen validez por caprichoso decreto, la política hace implosión silenciosa y burda en un “no pasa nada” que implica que está pasando todo y para acabar de cuadrar un bizarro retrato del burdo costumbrismo de lo público tenemos un Presidente de un Comité “Ciudadano” Anticorrupción, ventajoso, protagonista y sin ningún mérito reciente más que el querer “quebrar” financiera y políticamente a la Universidad Autónoma de San Luis Potosí.
Fabían Espinosa Díaz de León cuadró su muy productiva semana haciendo gira de medios y fotografías con partidos políticos como quinceañera electoral en temporada alta.
Espinosa Díaz de León parece haber redescubierto algo fascinante: que el Sistema Estatal Anticorrupción no necesariamente sirve para combatir la corrupción.
Y desde ahora sin pudor, (muy en su estilo) me atrevo a decir que ni va a combatir la corrupción real, ni va a sumar nada más que otro cargo a su perturbador currículo que un espacio para seguir lucrando. ¿Se imaginan a Fabián “pidiendo cuentas” a alcaldes y regidores del interior del estado a cuenta de su puesto sin dientes, ni consecuencias, vendiendo humo y probablemente protección?
Y eso sin contar que este despachillo hechizo y falaz, también puede funcionar como pasarela de posicionamiento personal, networking político y laboratorio de futuros afectos partidistas.
Impactante y contundente, además es su increíble sagacidad.
Hace apenas un año —mayo de 2025— el personaje andaba intoxicado de solemnidad jurídica amagando con denuncias penales contra el rector de la UASLP, su abogada general, el dueño y directivo de Astrolabio y quien esto escribe. Aquello tuvo un aroma inconfundible: el viejo impulso autoritario del vividor burócrata mexicano que confunde crítica con conspiración y periodismo con delito.
El problema de los personajes “moralmente” sobrecargados es que suelen terminar exhibiendo exactamente aquello que dicen combatir.
Porque mientras públicamente se asumía como cruzado ético, por debajo asomaba algo mucho más antiguo y bastante mexicano: el deseo irrefrenable de pertenecer al poder.
Y la pecaminosa ambición por ganar millones para él y sus impresentables promotores.
Por eso sus recientes excursiones públicas con el PVEM y Movimiento Ciudadano tienen un tufo tan espeso.
No son ilegales.
Tampoco prohibidas.
Solo son obscenamente contradictorias.
Uno imaginaría que el presidente de un órgano ciudadano anticorrupción estaría reuniéndose con colectivos, universidades, auditores, investigadores o víctimas de corrupción. Pero no. Ahí lo tienen: retratándose sonriente con operadores partidistas mientras habla de ética pública como vendedor de seguros ofreciendo honestidad a meses sin intereses.
Y ahí es donde el asunto deja de ser anecdótico para volverse profundamente potosino.
Porque el viejo San Luis podrido tiene una añeja debilidad: fabricar ciudadanos que terminan comportándose como políticos… y políticos que después quieren regresar disfrazados de ciudadanos.
Giovanni Sartori advertía que una democracia empieza a degradarse cuando las instituciones pierden autonomía y terminan absorbidas por la lógica del poder. Y Mauricio Merino escribió durante años algo todavía más brutal: en México muchas instituciones anticorrupción fueron diseñadas para simular vigilancia sin incomodar realmente a quienes mandan.
El problema es que a veces ya ni siquiera simulan bien.
Lo de Fabián Espinosa empieza a parecer una caricatura involuntaria del país. El vigilante buscando cercanía con los vigilados. El fiscal moral tocando puertas partidistas. El “ciudadano independiente” orbitando alrededor del poder con la ansiedad de quien reparte currículums antes de que arranque la temporada electoral.
Y mientras eso ocurre, el Sistema Anticorrupción se marchita un poco más frente a la opinión pública.
Porque la autoridad moral de estos órganos no depende solamente de la ley. Depende de algo mucho más frágil: la distancia visible respecto al poder político.
Distancia.
No abrazos.
No boletines conjuntos.
No giras de cortesía.
No fotografías sonrientes con partidos en vísperas de sucesión.
El humor negro del asunto es extraordinario: hace un año amagaba con sentar periodistas en tribunales por cuestionarlo; hoy parece recorrer partidos buscando exactamente lo que tantas veces han buscado los políticos tradicionales: protección, relaciones y futuro.
En el fondo, el problema no es Fabián Espinosa.
El problema es lo que representa.
La degradación progresiva de organismos que nacieron para ser contrapeso y terminaron convertidos en estaciones intermedias del ecosistema político local.
Y quizá por eso la imagen resulta tan incómoda.
Porque uno ya no sabe si está viendo al presidente de un comité ciudadano anticorrupción… o a un aspirante en etapa temprana de incubación política.
En San Luis, tristemente, la diferencia empieza a desaparecer.
Postdata. A poco más de un año de su “escandalosa” denuncia penal, no nos han notificado, sin embargo, lo que ya todos “notaron” es que su ridícula estela es tan poco trascendente como este puestecillo de burócrata disfuncional con el que ahora anda charoleando para ver qué más pesca, en su degradado futuro.