Un cuento para el Día del Maestro 

Probablemente una de las tareas más eficaces de los cuentos o las fábulas es advertir a niñas y niños acerca de los peligros del mundo, desde los bosques repletos de lobos, hasta las enfermedades, de los vicios, pero también de las virtudes humanas, como en la semana anterior fue Día de Maestro usaré uno para hablar de lo que para mí ha significado ser alumna y ser maestra, para advertir. 

La historia 

No hay corrección política que deba impedir leer a Roald Dahl, autor británico del siglo XX, sus poemas y cuentos cortos son de un enorme disfrute literario, pero los más famosos son aquellos escritos para niños, entre ellos “Matilda” es un buen ejemplo para comprender la confrontación entre la vocación y el abuso.

La historia es acerca de una niña proveniente de una familia bastante estúpida de cuyo maltrato se salva a través de la lectura y quien pide a sus padres que la dejen estudiar. Cuando ha vencido ese obstáculo se halla con dos profesoras bien distintas: Una es su maestra Miel, y la otra es la directora, en español la conocemos como Tronchatoro, mientras la primera se entusiasma ante su alumna con destacadas habilidades a potenciar, la segunda dice cosas cómo: 

“A lo largo de mi dilatada carrera como profesora he aprendido que una niña mala es muchísimo más peligrosa que un niño malo. Y lo que resulta más importante, son bastante más difíciles de dominar. Dominar a una niña es como tratar de aplastar a una mosca. Cuando la golpeas, la maldita ya no está allí. Las niñas son criaturas repugnantes y malas. Me alegro de no haberlo sido nunca”. 

Es decir, Tronchatoro es maestra por el ánimo de hacer daño, y en la estrambótica descripción de Dahl, encierra a los niños en un cuarto donde deben estar de pie lleno de objetos cortantes pegados a las paredes, práctica lanzamiento de martillo sujetándolos por las orejas, los hace comer hasta reventar, los acusa falsamente de cosas que no han hecho, les dice que no sirven para nada, que son feos y gordos, o flacos, o basura y echa de menos los tiempos en que se les podía azotar. 

Usted puede tener 5 años o 10 o 15 o 25, mientras queramos estudiar, encontraremos a alguien así, pero nuestros recursos contra ello, han cambiado. 

La violencia ya no es impune 

El abuso contra la infancia y la juventud era una actividad cotidiana e impune en México y en otros países por parte del profesorado: el dicho de que “la letra con sangre entra” la vivieron en carne propia varias generaciones antes de ser prohibida, pero muchos padecimos estas experiencias. 

Yo por ejemplo estuve en seis escuelas diferentes en la primaria y como alumna intentaron forzarme a escribir con la derecha, me golpearon en la cara con la mano abierta y en las piernas con un cinturón por no comprender “la lección”, me levantaron en vilo para sacarme del salón y aventarme a un patio, fui testigo de como a mis compañeros les abrían las cejas aventándoles el borrador a la cara o los encerraban en el baño durante horas. 

Fue apenas en 1989 que se firmó la Convención de los Derechos del Niño y se reconoció que tenían derecho a vivir y a ser educados sin agresiones porque hoy también sabemos que es materialmente imposible que el conocimiento se asimile mientras se es insultado o golpeado, porque el cerebro del niño o aprende o le enseña a protegerse. 

El ejercicio de la violencia en la educación como en otros ámbitos no es difusa sino concreta: un niño, niña o adolescente (no se les llama “infancias”, porque no son objetos), puede ser agredido por un maestro de forma física, verbal, psicológica o sexual, no se descubren formas nuevas sino medios a través de los cuáles se replica como ahora es internet, si esta encuadra en un delito debe ser denunciada penalmente por cualquier persona adulta sea o no padre o madre de la víctima. 

Hace algunos meses en San Luis Potosí algunas organizaciones de maestros exigían al Congreso del Estado sancionar lo que denominaron como “denuncias falsas”, o ser eximidos de acusaciones sobre lo que realizan en su trabajo. Eso es imposible. Además, desde hace décadas existe el delito de falso testimonio que es el artículo 284 del Código Penal local. 

No sé qué les hayan prometido pero esta LXIV Legislatura hizo exactamente lo contrario, este 8 de mayo fue modificado el artículo 110, así que las y los diputados aumentaron los delitos imprescriptibles del modo siguiente:

“Los delitos violación; estupro… son imprescriptibles. Igualmente serán imprescriptibles los delitos contra la libertad sexual; la seguridad sexual; y el normal desarrollo psicosexual así como los delitos de corrupción de menores, de personas que no tienen capacidad para comprender el significado del hecho, o personas que no tienen capacidad para resistirlo; cohabitación forzada de personas menores de dieciocho años de edad… difusión ilícita de imágenescuando la víctima sean niñas, niños o adolescentes, o personas que no tengan la capacidad de comprender el significado del hecho o de resistirlo. 

Esto significa que todos los hechos constitutivos de estos delitos que ocurrieron durante la infancia o adolescencia de una persona que hoy día es adulta ya no están prescritos, es decir, si usted fue víctima de algún maestro lo puede denunciar por sí mismo así hayan pasado décadas en el momento que quiera. Hablamos de penas de 6 a 10 años y hasta de 8 a 20 con aumentos específicos si se aprovechó la relación de formador para cometer estos crímenes. 

¿Y de mayor? Los protocolitos no suplen la norma 

Ahora bien, si Usted es por ejemplo estudiante universitario y padece agresiones por parte de un profesor, estos instrumentos denominados protocolos que tienen las universidades sólo pueden aplicarse en el ámbito interno para las consecuencias administrativas de hechos constitutivos de delitos como el acoso o el hostigamiento, porque en delitos sexuales con características de violación o de abuso sexual, la “autonomía” no abarca generar una justicia selectiva y las escuelas no tienen atribuciones de investigación, creer lo contrario puede caer en la comisión de delitos por suplir funciones constitucionales que son exclusivas del Ministerio Público. 

Además, tanto para estudiantes mayores y menores de edad, el artículo 222 del Código Nacional de Procedimientos Penales obliga a que toda persona a quien le conste que se ha cometido un hecho delictivo tiene la obligación de denunciar, máxime a cooperar en la investigación si tienen el carácter de funcionarios públicos so pena de hacerse acreedores de responsabilidades por sí mismos ante su omisión. 

Ser maestra 

Cierro con una hipótesis: Educar a una persona requiere de un ambiente, de un momento en que todos los estudiantes se sientan seguros. He dado clase desde hace dieciocho años a policías, a ministerios públicos, al Ejercito, a mujeres feministas, a personal de salud, a integrantes de la iglesia católica, a periodistas y cuando entré a concursar a la Universidad Autónoma sentí que había salido al mundo para preparar a mis alumnos en el ámbito penal, si no se enamoran de esa rama del derecho, al menos sabrán que pueden acceder a la justicia y no serán víctimas. 

Claudia Espinosa Almaguer

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