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EL APELLIDO Y EL ESPEJO

El Radar por Jesús Aguilar

En política, los silencios suelen decir más que los discursos.

Por eso la aparición de Marcelo de los Santos Anaya en las conversaciones rumbo a 2027 merece una lectura más profunda que la simple especulación electoral. No estamos frente a una candidatura formal. Ni siquiera frente a una campaña. Lo que estamos viendo es algo más interesante: la búsqueda de una respuesta dentro de un PAN que intenta reencontrarse consigo mismo.

Y eso abre una pregunta inevitable.

¿La aparición de Marcelito representa una renovación generacional o es la confirmación de que el PAN potosino sigue mirando hacia atrás cuando necesita imaginar el futuro?

Han pasado casi treinta años desde que Marcelo de los Santos Fraga inició aquella aventura electoral de 1997. Conviene recordarlo porque la memoria política suele ser selectiva. Hoy muchos recuerdan al Marcelo el gobernador. 

Menos recuerdan al candidato que perdió frente a Silva Nieto. Porque la victoria no llegó por herencia ni por inercia. Llegó después de años de construir presencia pública, recorrer territorio, tejer alianzas y convencer electores.

Llegó en el 2000 cuando ganó la alcaldía de la capital, empujado en buena medida también por la ola triunfalista de Fox y las lecciones de derrota bien aprendidas, para lograr triunfar finalmente en 2003 frente a un PRI que también tuvo que recurrir a un externo por su crisis de gravedad al postular a Luis García Julián, a quien el propio Silva Nieto abandonó, como sucedió con el propio De los Santos con “su candidato” en 2009, Alejandro Zapata Perogordo.

La historia de idas y vueltas y el factor familiar es poderoso. Pero también plantea otra interrogante.

¿Los grupos que hoy impulsan a Marcelito están apostando por un proyecto político o están apostando por el único apellido capaz de reunir dinero, estructura y liderazgos dispersos bajo una misma mesa?

Porque ahí aparece uno de los datos menos discutidos. Nadie cuestiona que la familia De los Santos conserva relaciones económicas, empresariales y políticas importantes dentro de San Luis Potosí. 

Nadie desconoce tampoco que una parte del panismo tradicional sigue viendo en ese apellido la última gran victoria estatal del partido.

Pero una elección de 2027 no se parece en nada a una elección de 2000.

La ciudad cambió.

El voto duro del PAN sigue, pero bajo otra clase de condiciones.

Los votantes cambiaron.

Las preocupaciones cambiaron.

Y eso conduce a otra pregunta incómoda.

¿Cuántos jóvenes menores de 35 años identifican realmente quién fue Marcelo de los Santos Fraga y qué significó su gobierno?

Porque para una parte importante del electorado el apellido no evoca recuerdos. Apenas evoca referencias.

Y cuando eso ocurre, el peso político de una herencia comienza a disminuir.

Quizá por eso la pregunta central no sea quién es Marcelito.

La pregunta es qué representa.

¿Representa una nueva generación de liderazgo panista o representa el regreso de una élite política que nunca terminó de abandonar completamente el escenario?

¿Representa una propuesta de futuro o una apuesta por la nostalgia?

¿Representa una candidatura construida desde méritos propios o una candidatura construida desde la necesidad de encontrar un punto de encuentro entre grupos internos?

Además de cómo se podría diferenciar esta nueva página del Marcelismo panista con la arenga anti nepotista del “enemigo a vencer” que es el Verde.

Y, ¿qué va a pasar con los cuadros que si han ganado elecciones en tierra, que si hacen la diferencia en sus posiciones políticas y generan liderazgos reales, no impuestos en la mesa como Rubén Guajardo que lleva haciendo su chamba para buscar esa candidatura?

La respuesta todavía no existe.

Pero las preguntas sí.

Y son pertinentes porque el PAN enfrenta un problema que va mucho más allá de un nombre.

Después de dos décadas fuera de la gubernatura y de varios ciclos de fragmentación interna, el partido necesita demostrar que todavía puede producir liderazgos competitivos por sí mismo.

Por eso otra interrogante merece ser colocada sobre la mesa.

Si Marcelito termina siendo la opción más fuerte, ¿eso habla de su fortaleza personal o de la debilidad estructural del PAN para construir nuevos cuadros durante los últimos veinte años?

El cuestionamiento puede parecer duro.

Pero es indispensable.

Porque una candidatura también es un diagnóstico.

Y a veces los partidos revelan más sobre sí mismos por las cartas que deciden jugar que por los discursos que pronuncian.

Mientras tanto, la ciudad observa.

Observa a un Verde que ya mueve piezas rumbo a la sucesión y tiene las dos cosas con los que los pragmáticos afirman se ganan las elecciones: estructura y dinero.

Observa a Morena intentando encontrar identidad propia en San Luis Potosí.

Observa a una oposición que todavía busca un relato competitivo.

Y en medio de todo eso aparece un apellido conocido.

Uno capaz de despertar simpatías.

Uno capaz de despertar resistencias.

Uno capaz de despertar recuerdos para bien y para mal.

Pero todavía no está claro si también es capaz de despertar entusiasmo real.

Porque al final, la pregunta más importante no es si Marcelo de los Santos Anaya puede convertirse en candidato.

Ni siquiera si puede ganar.

La pregunta verdaderamente relevante es otra.

¿Los potosinos están buscando al próximo alcalde de la capital o están siendo invitados a revisar un álbum de fotografías políticas de hace treinta años?

Porque los apellidos pueden abrir puertas.

Pueden generar expectativas.

Pueden incluso ordenar grupos internos.

Lo que nunca han garantizado es la confianza ciudadana.

Y esa, como lo aprendió el propio Marcelo de los Santos Fraga antes de llegar al poder, no se hereda.

Se construye.

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