LA VERDAD Y EL CAMINO
Por: Aquiles Galán
Hay muertes que no terminan una conversación: la convierten en deuda. Luis Donaldo Colosio no fue solo un candidato asesinado. Fue, para México, la interrupción violenta de una posibilidad política distinta. Y quizá por eso sigue incomodando tanto: porque hablar de Colosio no es hablar únicamente del pasado, sino del país que todavía no se atreve a ser.
Colosio representaba una idea de política que hoy parece cada vez más lejana: una política con sentido social, con obligación moral y con contacto real con la gente. Su discurso no giraba alrededor del ego, del aplauso o de la simulación. Giraba alrededor de la desigualdad, de la pobreza, de los excluidos, de los que casi nunca aparecen en el centro del poder, pero sostienen al país desde la periferia. En un México acostumbrado a la retórica vacía, Colosio hablaba de justicia. Y cuando en la política se habla de justicia de verdad, el sistema suele ponerse nervioso.
Por eso su figura sigue siendo tan potente. Porque Colosio no hablaba de una política cómoda para los privilegiados, sino de una política incómoda para los que han hecho del poder una forma de blindaje. Hablaba de un país con hambre y sed de justicia, sí, pero no como frase de museo, sino como diagnóstico. Y ese diagnóstico sigue vigente. México sigue siendo un país donde demasiadas personas viven al margen de las oportunidades, donde la movilidad social se vuelve privilegio, y donde muchas veces la política parece más preocupada por sobrevivirse a sí misma que por resolver la vida de la gente.
Ahí está el punto más duro: el asesinato de Colosio no solo arrebató a un hombre, también simbolizó algo más profundo. La política mexicana aprendió, una y otra vez, a castigar la convicción, a sofocar la disidencia y a premiar la obediencia. A lo largo de los años, muchos activistas, liderazgos sociales y voces incómodas han sido minimizados, perseguidos, desacreditados o borrados del debate público por atreverse a empujar un cambio real. No siempre con balas, pero sí con otra forma de violencia: la del desprecio institucional, la del bloqueo, la del silencio impuesto, la del desprestigio calculado.
Y frente a eso, la pregunta no puede ser solo qué decía Colosio, sino qué hacemos hoy con esa herencia. Porque de poco sirve convertirlo en una imagen nostálgica si no se vuelve una exigencia presente. Colosio no debe ser un símbolo para adornar discursos, sino un espejo que nos obligue a preguntarnos por qué México sigue necesitando, con urgencia, una política más humana, más social y más valiente.
Desde mi visión, ahí entra el tema que de verdad importa: el relevo generacional. No como moda, no como consigna vacía, no como cuota de juventud en una foto, sino como necesidad democrática. Un país que cierra el paso a sus jóvenes termina repitiendo los mismos vicios con distintos nombres. Y un país que solo invita a los jóvenes a aplaudir, pero no a decidir, está condenando su futuro a la pasividad.
La participación juvenil no es un adorno del sistema. Es una fuerza que debe incomodar, proponer, vigilar y construir. Los jóvenes no estamos para esperar turno en una fila interminable de favores políticos. Estamos para ocupar nuestro lugar desde donde nos toque: en la universidad, en el barrio, en el campo, en la calle, en la comunicación, en la organización social, en el servicio público, en la crítica y en la propuesta. Desde nuestras trincheras también se construye país. También se defienden causas. También se libra la batalla por lo correcto.
Y esa es, al final, la gran lección que Colosio todavía deja abierta: la política no puede seguir siendo un mecanismo para conservar poder, sino una herramienta para abrir futuro. No puede seguir premiando la simulación y castigando la convicción. No puede seguir tratando a los jóvenes como ornamento ni a la ciudadanía como espectadora. Tiene que volver a ser una tarea ética, una tarea social, una tarea de responsabilidad histórica.
Colosio sigue importando porque no representa solo una tragedia política. Representa una pregunta incómoda que México sigue sin resolver: ¿qué clase de país queremos construir y quiénes están realmente dispuestos a construirlo? Mientras esa pregunta siga abierta, su voz no estará enterrada. Estará exigiendo respuesta.