LA VERDAD Y EL CAMINO
Por: Aquiles Galan
Zacatecas volvió a mostrarnos algo que en México repetimos mucho pero entendemos poco: cuando el campo protesta, no lo hace por capricho. Lo hace porque ya se agotó la paciencia.
El conflicto de los productores de frijol no nació esta semana. Desde marzo, campesinos zacatecanos comenzaron bloqueos y movilizaciones por la falta de centros de acopio, por los bajos precios y por una realidad que se volvió insostenible: producir cada vez cuesta más y vender cada vez vale menos. Con el paso de los días, las protestas crecieron hasta llegar al Congreso, casetas y oficinas gubernamentales, reflejando no solamente una inconformidad económica, sino un hartazgo profundo del campo mexicano.
El centro del reclamo es claro: dignidad para quien produce. Mientras el gobierno federal fijó el precio de acopio del frijol en 16 mil pesos por tonelada, productores exigieron mantener condiciones que realmente permitieran sostener sus cosechas y no operar con pérdidas. Para las autoridades, el ajuste representaba ampliar el volumen de acopio; para miles de campesinos, representó otra decisión tomada lejos de la realidad del productor.
Y cuando parecía que el conflicto podía resolverse mediante diálogo, llegó el peor mensaje posible: la confrontación. El desalojo de manifestantes y las denuncias posteriores por presuntas violaciones a derechos humanos terminaron por encender todavía más la indignación social. Porque cuando un gobierno responde primero con fuerza y después con explicación, deja de escuchar y comienza a imponer.
Pero en medio del conflicto también apareció algo importante: la solidaridad del sector social agrario. Organizaciones históricas como la Confederación Nacional Campesina y estructuras juveniles como la Vanguardia Juvenil Agrarista representan hoy una voz que no puede permanecer indiferente frente a lo que vive el productor zacatecano. Porque defender al campesino no es solamente respaldar una protesta; es defender la permanencia del campo, la soberanía alimentaria y el derecho de miles de familias a vivir con dignidad de su trabajo.
Y quizá ahí está una de las señales más importantes de este momento: las nuevas generaciones del sector agrario ya no están dispuestas a aceptar el abandono como normalidad. Los jóvenes del campo entienden que si hoy desaparece el productor, mañana desaparece también la comunidad rural, la tradición agrícola y buena parte de la estabilidad alimentaria del país.
Zacatecas no está pidiendo privilegios. Está pidiendo respeto. Está pidiendo que el campo deje de ser tratado como una estadística incómoda y vuelva a ser reconocido como lo que realmente es: una de las bases que sostienen a México.
Porque detrás de cada tractor que salió a marchar hay una familia. Detrás de cada bloqueo hay deudas, sequías, incertidumbre y años de abandono acumulado. Y detrás de cada campesino que hoy levanta la voz existe algo mucho más profundo que una protesta: existe la desesperación de quien siente que trabaja para sobrevivir, mientras desde el poder solo recibe silencio, burocracia o desprecio.
El gobierno todavía está a tiempo de entender algo fundamental: al campo no se le reprime, se le escucha. Porque cuando el campesino se cansa de esperar, lo que se siembra ya no es confianza… sino inconformidad.