De Barcelona 92 a la élite mundial

Por: Santiago López

Hace apenas unos días España volvió a hacer historia al conquistar su segunda Copa del Mundo. Ese triunfo me hizo hacerme una pregunta que va mucho más allá del fútbol: ¿cómo un país que hace apenas unas décadas era una potencia deportiva secundaria logró convertirse en una referencia mundial?

Como mexicano y apasionado del deporte, esa pregunta me resulta inevitable. No pretendo comparar a España con gigantes como Estados Unidos o China. Me interesa un caso mucho más cercano al nuestro: un país con apenas un tercio de la población de México, con muchas similitudes culturales, que encontró la manera de convertir el deporte en una política de Estado.

Para muchos, todo comenzó con Barcelona 1992. Aquellos Juegos Olímpicos no solo cambiaron la imagen de España; marcaron el inicio de una transformación cuyos resultados siguen viéndose más de treinta años después.

Hoy España domina mucho más que el fútbol. Ha producido leyendas como Miguel Induráin y Alberto Contador en ciclismo; Rafael Nadal y ahora Carlos Alcaraz en tenis; Fernando Alonso en Fórmula 1; Jon Rahm y Sergio García en golf; Marc Márquez y Jorge Lorenzo en MotoGP; una de las mejores generaciones de baloncesto de la historia, campeona del mundo en dos ocasiones; y atletas como Mireia Belmonte o el equipo de natación artística. Y eso sin contar disciplinas como vela, piragüismo, bádminton o triatlón.

Lo más impresionante no es haber encontrado a una superestrella, sino haber construido un sistema capaz de producir campeones generación tras generación.

Y ahí surge la pregunta más importante: ¿qué hicieron diferente?

Quizá sea ingenuo pensar que el deporte puede ayudar a resolver algunos de los problemas de México. Pero también creo que forma parte de la solución. El deporte crea disciplina, genera oportunidades, inspira a los jóvenes y fortalece el orgullo de un país.

México tiene talento de sobra. Ahí está el ejemplo de Isaac del Toro, que gracias a su trabajo y disciplina se ha convertido en una de las mayores esperanzas del deporte nacional. El problema es que demasiadas veces nuestros atletas triunfan a pesar del sistema y no gracias a él.

Si queremos aspirar a algo parecido a lo que ha conseguido España, debemos dejar de improvisar y empezar a construir proyectos de largo plazo. Vale la pena estudiar cómo invierten en el deporte, cómo detectan talento desde edades tempranas, cómo apoyan a sus atletas y cómo dan continuidad a sus proyectos.

Mientras tanto, en México seguimos escuchando historias de corrupción, conflictos entre federaciones y decisiones que privilegian el beneficio inmediato. En el fútbol incluso eliminamos el ascenso y descenso, sacrificando uno de los mejores mecanismos para desarrollar talento.

Quizá ese sea nuestro mayor problema: pensamos en el corto plazo, cuando los grandes resultados deportivos son consecuencia de décadas de trabajo.

Ojalá algún día podamos mirar hacia atrás y decir que México también tuvo su propio “Barcelona 92”: el momento en el que entendimos que el deporte no era un gasto, sino una inversión. Porque el talento ya lo tenemos; lo que falta es construir el camino para que deje de ser una excepción y se convierta en la regla.