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Del 86 al 2026. El México de mi vida…

El Radar por Jesús Aguilar

El polvo todavía estaba ahí.

No en todos lados. No siempre visible. Pero ahí estaba.

En algunas calles de la Ciudad de México seguían abiertas las heridas que dejaron los terremotos del 19 y 20 de septiembre de 1985. Entre edificios derrumbados, familias incompletas y una ciudad que apenas comenzaba a entender la magnitud de su pérdida, llegó el Mundial.

México 86 no comenzó con un silbatazo.

Comenzó con un país de luto.

Yo era un niño.

Vivía en la Ciudad de México y tuve la fortuna de asistir a la mayoría de los partidos de aquella Copa del Mundo que se jugaban en el Estadio Azteca. Vi a Negrete hacer una pirueta heróica, a Quirarte volverse loco y goleador, a Hugo fallar un penalty y anotar su único gol en mundiales, también vi a Maradona haciendo el gol más recordado de la historia, el mismo día que convirtió su mano en la de Dios, días después lo vi convirtiéndose en Dios contra Belgica para finalmente ascender ante la Alemania de Rummenigge y Shumacher.

Durante muchos años pensé que lo que recordaba era el fútbol. Con el tiempo entendí que lo que realmente quedó grabado en mi memoria fue algo más profundo: la forma en que una sociedad intentaba levantarse después de haber visto caer buena parte de su mundo.

Porque el Mundial no llegó a un país feliz.

Llegó a un país lastimado.

La economía atravesaba momentos difíciles. La confianza en las instituciones estaba golpeada. La tragedia había exhibido limitaciones del gobierno federal y había provocado algo extraordinario: miles de ciudadanos descubrieron que podían organizarse solos cuando las estructuras oficiales no alcanzaban.

Por eso resulta tan simbólica una de las imágenes más poderosas de aquella inauguración.

Miguel de la Madrid, presidente de la República, fue recibido con una estruendosa rechifla en el Estadio Azteca.

Hoy podría parecer algo cotidiano.

Entonces era casi impensable.

El periodista Carlos Monsiváis escribió alguna vez que el terremoto de 1985 fue también el nacimiento de una nueva conciencia ciudadana. No sólo se habían caído edificios. También se había fracturado la idea de que el gobierno siempre tenía el control.

Aquellos abucheos no eran futboleros.

Eran sociales.

Eran políticos.

Eran emocionales.

Eran el sonido de una confianza rota.

Y mientras revisaba esos recuerdos para escribir estas líneas, no pude evitar pensar en el México que observo cuarenta años después.

Los protagonistas cambiaron.

Las consignas cambiaron.

Las redes sociales sustituyeron muchas plazas públicas.

Pero ciertas emociones parecen regresar una y otra vez.

Durante las últimas semanas hemos visto protestas, bloqueos, enfrentamientos verbales, acusaciones cruzadas y una creciente sensación de cansancio colectivo. Desde la CNTE, los dolidos colectivos de Madres Buscadoras o sobrevivientes de Ayotzinapahasta hasta los debates cotidianos en redes sociales, el país vuelve a discutir sobre autoridad, representación, justicia y confianza.

No es el mismo México.

Pero tampoco es un México completamente distinto.

La diferencia es que en 1986 el dolor era visible en las calles.

Hoy muchas veces habita en el ánimo.

Aquel país estaba reconstruyendo edificios.

Éste parece intentar reconstruir acuerdos.

Y ambas tareas son igual de difíciles.

Tal vez por eso el recuerdo de México 86 sigue siendo tan poderoso.

Porque detrás de los estadios llenos y de los goles inolvidables existía una historia mucho más humana. Una historia de personas que todavía lloraban a sus muertos, que todavía buscaban explicaciones y que, aun así, encontraron la energía para salir a la calle, ponerse una camiseta y celebrar algo juntos.

Octavio Paz escribió que los mexicanos somos expertos en sobrevivir a nuestras propias crisis.

No sé si tenía razón.

Lo que sí sé es que pocas generaciones han tenido tantas oportunidades de demostrarlo.

La del 85 lo hizo entre escombros.

La nuestra intenta hacerlo entre divisiones, incertidumbres y desencantos.

Por eso, cuando escucho comparaciones entre el México de ayer y el de hoy, no pienso primero en los gobiernos.

Pienso en la gente.

En la señora que organizó víveres para desconocidos.

En los jóvenes que removieron piedras con las manos.

En los vecinos que se convirtieron en rescatistas.

En los ciudadanos que descubrieron que podían sostenerse unos a otros cuando las instituciones parecían insuficientes.

Porque ésa fue la verdadera victoria de 1985.

Y quizá sigue siendo la única capaz de unirnos en 2026.

No la del marcador.

No la del poder.

No la de los partidos.

La de recordar que este país suele encontrar su mejor versión precisamente cuando atraviesa sus peores momentos.

Si el Mundial de 1986 ayudó a una nación herida a recuperar por un momento la esperanza, ¿qué evento, qué causa o qué proyecto podría ayudarnos hoy a recuperar algo que parece cada vez más escaso: la confianza entre mexicanos?

RECADERO

Sería fantástico en esa tónica recordar LO QUE NOS UNE, y por eso compartirles que ya estamos haciendo algo que puede proyectar los valores que el mundial nos pone como pretexto recordar. Se trata de una serie que logramos aterrizar, “Historias de Orgullo Verde”, 15 micro historias que relacionan a los mexicanos que estarán en la cancha y al resto de los más de 130 millones de mexicanos.

Ya están disponibles el episodio 0 que nombramos “Lo que nos Une”, el primero en el que acudimos a Javier Aguirre, “El hombre que siempre vuelve” y el de Raúl Jimenez, “El hombre que volvió”.

Todos disponibles en Antena San Luis y sus redes sociales y en su medio de difusión natural ORGULLOMEXA: Orgullomexa2026 en Instagram https://www.instagram.com/orgullomexa2026?igsh=bXdpaGJ5YjVlYmhj

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