El día después del capo

El domingo 22 de febrero de 2026 no fue un domingo cualquiera.

En Tapalpa, Jalisco, fuerzas federales realizaron un operativo que terminó con la neutralización de Nemesio Oseguera Cervantes, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación. Un nombre que durante años ocupó titulares, informes de inteligencia y listas de los más buscados. Un hombre por quien el gobierno de Estados Unidos ofrecía recompensa millonaria. Un símbolo del poder criminal contemporáneo.

Horas después, comenzaron los bloqueos.
Vehículos incendiados.
Carreteras cerradas.
Escuelas suspendiendo clases.
Comercios bajando cortinas.

Con ello viene a mi perspectiva una pregunta inevitable.
¿ganamos… o apenas es el comienzo de otra etapa?

La caída de un líder de esa magnitud es, sin duda, un golpe relevante contra el crimen organizado del México contemporáneo. Es un mensaje. Es la demostración de que el Estado puede alcanzar incluso a los objetivos más protegidos, si hay la voluntad de hacerlo.

Pero la historia reciente de México nos obliga a ser prudentes.

Cuando un liderazgo criminal cae, no desaparece la estructura que lo sostenía.
No se esfuman las rutas.
No se evaporan las redes financieras.
No se disuelven las lealtades armadas.

Lo que suele ocurrir es una fragmentación. Y la fragmentación, en el mundo criminal, no significa debilidad inmediata.
Significa problemas.

Disputa por plazas.
Disputa por ingresos.
Disputa por control territorial.

Y cada disputa tiene un costo que no pagan los líderes.
Lo pagan las comunidades.

Durante años, el crecimiento del grupo no dependió únicamente de una figura  temida. Se sostuvo en algo más profundo: redes financieras, diversificación de delitos, capacidad logística internacional y, en algunos casos, complicidades locales, así como la romanización del crimen a través de la apología al delito.

Esa es la parte incómoda de la situación. Es más sencillo celebrar la caída de un capo que desmontar el sistema que permitió su expansión.

El narcotráfico contemporáneo no es solo violencia armada; es economía ilegal organizada. Es lavado de dinero. Es infiltración institucional. Es mercado.

Y mientras ese engranaje siga funcionando, los nombres pueden cambiar… pero el fenómeno permanecerá.

La reacción violenta tras el operativo nos recuerda algo, estos grupos no solo trafican drogas, también administran miedo. Bloquear una ciudad no es solo una respuesta, es un mensaje … “aún están aquí”.

Por eso el verdadero reto no es el operativo del domingo.
Es lo que ocurra en los próximos días.

¿Habrá seguimiento financiero serio?
¿Procesos judiciales contra estructuras intermedias?
¿Protección efectiva a comunidades vulnerables?
¿Combate real a la corrupción que facilita estas redes?

Si la respuesta se limita al impacto en redes, el titular desaparecerá.
Si la respuesta es integral, podríamos estar ante un punto de inflexión.

Lo que también nos toca como sociedad

Aquí viene la parte incómoda que pocas veces se menciona. Hemos normalizado demasiado.

Normalizamos la violencia armada como realidad.
Normalizamos el crimen como lo común.
Normalizamos que cerrar una carretera sea “parte del momento”.

Cuando la violencia deja de sorprendernos, empieza a instalarse. El combate al crimen organizado no es solo un asunto de fuerzas armadas. También es un asunto de cultura cívica, de exigencia pública, de no romantizar al criminal ni trivializar el daño. Porque mientras el miedo gobierne más que la ley, la victoria será parcial.

Sería injusto no reconocer el riesgo que asumen elementos del Ejército y fuerzas federales en operativos de esta magnitud. Hay vidas en juego. Hay decisiones críticas en segundos. Pero reconocer no significa dejar de exigir.

Exigir transparencia.
Exigir resultados sostenidos en hechos.
Exigir reconstrucción social en las regiones golpeadas.

La caída de un líder criminal es un acontecimiento histórico.
Pero la historia no se queda en el hecho. Se graba en lo que se hace después.

El verdadero triunfo no será haber abatido a un nombre.
Será lograr que ningún otro pueda ocupar ese lugar.

Y eso —como país— todavía es tarea pendiente.

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