El RADAR
Por Jesús Aguilar
X @jesusaguilarslp
En México solemos cometer un error cuando analizamos a los grandes cárteles: personalizamos demasiado el poder.
Creemos que la caída de un líder equivale al final de la organización.
Pero la historia reciente del crimen organizado demuestra exactamente lo contrario.
La pregunta que empieza a circular en los círculos de seguridad —aunque todavía no en el debate público— no es si caerá o no Nemesio Oseguera Cervantes, mejor conocido como El Mencho.
La verdadera pregunta es otra.
¿Qué pasará con el Cártel Jalisco Nueva Generación cuando llegue su sucesión?
Porque tarde o temprano llegará.
Durante poco más de una década el CJNG logró algo que muy pocos grupos criminales han conseguido en México: combinar expansión territorial agresiva con una estructura disciplinada y una capacidad militar que sorprendió incluso a las agencias de seguridad estadounidenses.
Informes de la DEA Drug Enforcement Administration sostienen que el grupo pasó de ser una organización regional a convertirse en una red criminal con presencia en más de cuarenta países, con especial peso en el tráfico de metanfetaminas y fentanilo hacia Estados Unidos.
Eso significa que el CJNG ya no funciona como una simple banda.
Funciona como una empresa criminal transnacional.
Sin embargo, esa expansión global convivió con una característica muy particular: el poder interno estaba profundamente concentrado en la figura de Oseguera.
El periodista Raymundo Riva Palacio reveló esta semana que, dentro de los análisis de seguridad que se revisan en el gobierno federal, ya existe una lista de posibles relevos dentro del cártel. Entre los nombres mencionados aparecen Juan González Valencia, Hugo Gonzalo Mendoza, Audias Flores Silva y Ricardo Ruiz Velasco, todos ellos identificados desde hace años por agencias de inteligencia como operadores relevantes dentro de la organización.
La sola existencia de esa lista confirma algo importante:
la discusión sobre la sucesión del CJNG ya no es un ejercicio periodístico, sino un escenario que se analiza en los propios aparatos de seguridad.
Lo que está en juego no es sólo quién asume el mando.
Lo que está en juego es cómo se reorganiza el poder criminal cuando desaparece el líder que lo mantuvo cohesionado.
La experiencia reciente ofrece tres caminos posibles.
El primero es la continuidad. Un heredero logra mantener la estructura, evitar fracturas y el cártel sigue operando con relativa estabilidad.
El segundo es la fragmentación. México ya conoce ese fenómeno: cuando cae un líder fuerte, los mandos regionales intentan quedarse con territorios y rutas. La violencia no disminuye; se multiplica.
El tercero es un reacomodo mayor del mapa criminal. Un debilitamiento del CJNG abriría espacio para que organizaciones rivales —particularmente el **Cártel de Sinaloa— intenten recuperar territorios estratégicos en el Pacífico, el Bajío y el centro del país.
Los estudios sobre crimen organizado coinciden en algo que suele perderse en la conversación pública. Investigaciones del Wilson Center y del RAND Corporation advierten que los cárteles mexicanos evolucionaron hacia estructuras descentralizadas capaces de sobrevivir incluso cuando pierden a sus líderes.
En otras palabras: capturar o eliminar a un capo puede ser una victoria importante, pero rara vez significa el final de la organización.
La pregunta entonces cambia.
Deja de ser una pregunta policial y se convierte en una pregunta de Estado.
Porque si el CJNG entra en una fase de sucesión, la presión criminal podría sentirse primero en los territorios donde el grupo ha disputado rutas y mercados en los últimos años: Jalisco, Michoacán, Guanajuato, Chiapas y, en menor escala pero con importancia estratégica, estados bisagra del centro del país como San Luis Potosí.
Ahí es donde se verá si la organización logra mantener cohesión… o si el poder comienza a fragmentarse.
Pero hay un dilema aún más profundo.
Durante dos décadas México ha medido el éxito de su política de seguridad a partir de un indicador relativamente sencillo: cuántos capos caen.
El problema es que el crimen organizado dejó de funcionar como una pirámide.
Hoy funciona más como una red.
Por eso la pregunta que realmente debería preocuparnos no es quién será el sucesor del Mencho.
La pregunta es otra.
¿Tiene el Estado mexicano una estrategia real para desmontar las estructuras financieras, territoriales y políticas que permiten que un cártel sobreviva incluso después de perder a su líder?
Porque si algo enseñan los últimos veinte años es que cada capo que cae deja detrás la misma ilusión: creer que el problema terminó.
Y casi siempre ocurre lo contrario.
El nombre cambia.
El negocio permanece.
Tal vez por eso la discusión más importante no sea quién mandará en el CJNG.
Tal vez la discusión que México sigue evitando es otra mucho más incómoda:
cómo desmontar un poder criminal que ya aprendió a sobrevivir incluso a sus propios jefes y a gobiernos de cualquier cuño y color.