El Radar
Por Jesús Aguilar
Ayer se cumplieron 32 años de uno de los momentos que marcó la vida del país… y la mía.
El asesinato de Colosio no solo rompió la historia contemporánea… rompió y sacudió a quienes, de alguna manera, nos tocó narrarla.
El 23 de marzo de 1994, México se quebró en vivo.
Y yo estaba al aire.
Tenía 18 años.
Tres años apenas frente a un micrófono de manera formal.
Ninguna preparación para lo que estaba por ocurrir.
Transmitíamos música en la estación referente para la juventud de aquel entonces: FM Globo 96.9, San Luis Potosí. En un país donde el internet no era aún refugio ni fuente, donde la radio era —todavía como hoy— el pulso inmediato de la realidad.
De pronto, el teléfono de cabina sonó.
Era Don Elías Navarro Martínez, dueño y director de las estaciones.
No hubo explicación.
No hubo contexto.
Solo una instrucción seca, definitiva:
—Corta la canción y ponme al aire.
Obedecí.
Lo saludé con la voz temblando.
Él no dudó:
“Amigos de FM Globo XHOD 96.9… les habla su amigo Elías Navarro Martínez para informarles con tremendo pesar que el licenciado Luis Donaldo Colosio Murrieta… ha sufrido un atentado, al parecer letal, en un mitin en Tijuana.”
Y colgó.
Así, sin red.
Sin más.
Me dejó al aire con el peso de una nación encima y una certeza brutal:
la historia acababa de cambiar… y yo tenía que decir algo.
No recuerdo exactamente qué dije después.
Recuerdo el vértigo.
Recuerdo el silencio entre palabra y palabra.
Recuerdo, sobre todo, haber intentado algo que hoy entiendo como instinto más que oficio: pedir mesura.
En medio del shock, pedí calma.
Pedí esperar información oficial.
Pedí no rompernos más de lo que ya estábamos.
Mandé a corte.
Y corrí.
A veces el periodismo no es contar lo que pasa, sino decidir cómo sostener el momento cuando todo se desmorona.
Corrí a la cabina de al lado, la de Stereorey 100.1, donde se transmitía la tercera emisión de Para Empezar.
Ahí estaban —en esa época irrepetible— Pedro Ferriz de Con, Carmen Aristegui y Javier Solórzano, quien conducía en ese instante.
Me senté con libreta y lápiz.
A tomar nota como si de eso dependiera entender el país.
Minutos después, la confirmación.
Luego el caos.
Horas más tarde, el país entero presenció uno de los enlaces más desgarradores de la televisión mexicana:
Jacobo Zabludovsky hablando con Talina Fernández, desde el hospital, con la cercanía brutal de quien estaba junto a Diana Laura.
México no solo informaba.
México lloraba en cadena nacional.
Y quienes estábamos frente a un micrófono entendimos, sin que nadie nos lo enseñara, que había algo más importante que la primicia:
la responsabilidad.
Meses después, noviembre de 1994.
Ciudad de México.
Fui a entrevistar a Emmanuel.
Lo esperé en sus oficinas en el Pedregal, cerca de Ciudad Universitaria.
No llegó.
Su mánager salió a explicarlo con una frase que, en ese contexto, pesaba más que cualquier entrevista:
—Se tuvo que ir de urgencia… su amiga íntima, Diana Laura, está muriendo.
Cáncer de páncreas.
El país no solo había perdido a un candidato.
Había perdido a una familia completa.
A un símbolo.
A una posibilidad.
Y un niño —de ocho, quizá nueve años— y su pequeña hermana quedaban atrapados en la tragedia total.
Treinta y dos años después, ese niño se llama Luis Donaldo Colosio Riojas.
Y hoy no es solo heredero de una historia:
es uno de los nombres más viables en la conversación presidencial.
No es menor.
Porque en un país donde la violencia no ha disminuido, sino mutado,
donde la política sigue siendo territorio de riesgo,
y donde la muerte aún ronda el poder…
él ha logrado algo que parecía imposible:
no ser prisionero de su tragedia.
Por eso, cuando hoy dice:
“ya dejen de manosear el caso”,
no habla solo como político.
Habla como sobreviviente.
Habla como alguien que entendió, desde niño, que México puede destruir incluso a sus símbolos más luminosos.
Pero también —y esto es lo verdaderamente incómodo—
habla como alguien que sabe que el país no ha resuelto nada de fondo.
Porque el asesinato de Colosio no es solo un expediente.
Es una herida abierta en la credibilidad del Estado.
Y cada vez que se reabre, no solo se busca justicia:
se revela la incapacidad histórica de cerrar ciclos.
Yo estuve ahí.
No en Tijuana.
Pero sí en ese otro frente: el de la voz que intenta explicar lo inexplicable en tiempo real.
Tenía 18 años.
Y ese día entendí que la radio no es música, ni compañía, ni entretenimiento.
Es responsabilidad.
Treinta y dos años después, el país sigue conteniendo la respiración…
y yo sigo al aire.
Y la pregunta sigue siendo la misma:
¿ya aprendimos algo…
o seguimos improvisando frente a la tragedia de dejar que muera la esperanza de nuestro país?