El Radar
Por Jesús Aguilar
Los acontecimientos recientes en Venezuela no pueden leerse como un episodio más del forcejeo ideológico entre izquierdas y derechas, ni como una reedición tardía de la Guerra Fría latinoamericana. Lo que ocurrió marca algo distinto: el momento en que un régimen deja de ser defendible incluso para quienes lo protegieron durante años, y cuando la política exterior deja al descubierto las lealtades reales.
La salida de Nicolás Maduro del poder no fue el desenlace de una rebelión popular ni el resultado de una acción militar clásica. Fue el cierre de un proceso largo, silencioso y profundamente pragmático, negociado en los márgenes de la legalidad internacional, pero anclado en un expediente penal que ya no admitía contención política. No cayó por razones ideológicas. Cayó por narcotráfico.
Ni siquiera implica que haya caído el régimen, no es un cálculo en pro de la democracia, es una jugada política que va más desde una sala de juntas de un corporativo petrolero internacional con base en Estados Unidos.
Marco Rubio el secretario de Estado estadounidense ha dejado claro que su país no apoya a María Corina Machado y Edmundo González como nuevos dirigentes porque no tienen el apoyo masivo necesario, ahí el motivo de que la consideración de “dejar” operar a Delcy Rodríguez como cabeza del “nuevo” gobierno venezolano implica algo mucho más que un cambio de régimen, significa el control del que subsiste.
Ese dato lo cambia todo.
El reflejo mexicano
En México, el episodio produjo una reacción inmediata que evidenció una grieta interna. Mientras la presidenta Claudia Sheinbaum optó por un posicionamiento prudente, institucional y calculado —consciente de que el margen de error es mínimo— diciendo que en México somos partidarios de la Doctrina Estrada que pregona el “no intervencionismo”, el expresidente Andrés Manuel López Obrador reapareció para denunciar lo ocurrido como un atropello a la soberanía venezolana.
El contraste no fue menor. No solo por el fondo del mensaje, sino por la forma: un pronunciamiento que no parece haber sido coordinado con el nuevo gobierno y que introdujo ruido innecesario en un momento de alta sensibilidad diplomática. En Palacio Nacional no pasó desapercibido que, por primera vez, la narrativa internacional de México ya no responde a una sola voz.
Ese desajuste revela algo más profundo: Sheinbaum gobierna, pero no controla por completo la herencia política que recibió, especialmente en materia de política exterior y reflejos ideológicos automáticos.
Lo que sí pasó en Venezuela
Más allá de la retórica, los hechos son elocuentes. No hubo una reacción violenta del aparato estatal venezolano, ni una escalada militar regional. Las Fuerzas Armadas aceptaron rápidamente el nuevo arreglo político; los activos estratégicos estadounidenses no fueron tocados; y los aliados internacionales de Caracas —Rusia, China, Irán y Cuba— reaccionaron con una cautela que roza el silencio.
Nada de eso ocurre sin acuerdos previos.
Durante meses, Washington sostuvo canales de comunicación directos con figuras clave del régimen venezolano. El papel de Delcy Rodríguez fue central en la administración del desenlace, y el de Marco Rubio en la articulación del periodo de transición. El objetivo no era un cambio democrático inmediato, sino algo más concreto y menos romántico: ordenar una salida que sirviera a los intereses de seguridad nacional de Estados Unidos.
La fractura del régimen
El chavismo llevaba tiempo dividido. De un lado, una élite política que aún aspiraba a un entendimiento con Washington para preservar activos y márgenes de negociación; del otro, un bloque endurecido, directamente vinculado al crimen organizado, encabezado por Diosdado Cabello.
Cuando el expediente judicial se volvió innegociable —alimentado por testimonios clave del entramado del narcotráfico regional—, la balanza se inclinó. La etiqueta de organización terrorista aplicada al Cártel de los Soles cerró cualquier salida política tradicional. La decisión ya no era resistir o negociar poder: era entregarse o quedar aislado sin protección.
México en el tablero
Aquí es donde México deja de ser espectador. La relación del lopezobradorismo con el régimen venezolano nunca fue solo simbólica. Fue una política sostenida de normalización, blindaje diplomático y respaldo discursivo, justificada selectivamente bajo el principio de no intervención.
Durante años, México bloqueó condenas, ofreció foros de diálogo sin condiciones reales y construyó una narrativa que minimizó violaciones a derechos humanos y desmontaje institucional. No fue ingenuidad: fue una apuesta política.
Por eso, la reacción de López Obrador no es un arrebato personal, sino la defensa de una relación que hoy se vuelve incómoda y potencialmente riesgosa. Porque en el nuevo escenario, Estados Unidos no busca solo desarticular un régimen extranjero, sino mapear redes de complicidad política regional.
Y el eje de la nueva mafia del poder pasa por el huachicol fiscal, sus redes con el narco tráfico y Villahermosa.
La decisión que viene para Sheinbaum
Para la presidenta, el episodio venezolano no es una anécdota internacional: es una prueba temprana de liderazgo. O marca una línea clara de distanciamiento institucional respecto a las alianzas más tóxicas del pasado reciente, o acepta que la presión externa termine definiendo ese deslinde por ella.
Lo que ocurrió en Venezuela no fue una ofensiva contra la izquierda latinoamericana, ni un ajuste de cuentas ideológico. Fue una operación penal, respaldada por una estrategia de seguridad hemisférica. Ignorar esa diferencia sería un error de cálculo.
La pregunta ya no es si este proceso tendrá efectos en México.
La pregunta es cuándo y hasta dónde.
Y, sobre todo, si el nuevo gobierno entenderá que el tiempo de la ambigüedad terminó.
*La “cargada” pro cuatroté que incluye desplegados de poca monta en cada problema que la Presidenta enfrenta fue tan efímero este fin de semana como un papel higiénico único en las cloacas de guerra. ¿Cuántos gobernadores firmaron más por miedo o por ser parte de la borregada y cuántos por miedo de que un operativo de un 0.5 de lo que sucedió con Maduro suceda en su propia casa?