El Radar por Jesús Aguilar
La Plaza de Fundadores en el último domingo de mayo, no fue el escenario de una celebración ordenada. Fue, más bien, una fotografía incómoda del 2027 adelantado: Morena queriendo aparecer como fuerza rectora; el Verde ocupando el primer plano del poder real; y Gerardo Sánchez Zumaya entrando como invitado incómodo a una escena donde nadie parecía haberle reservado lugar.
El acto se convocó alrededor del mensaje de Claudia Sheinbaum y de la celebración morenista, pero terminó convertido en lectura local de sucesión. Diversos medios registraron la presencia conjunta de liderazgos de Morena y del Verde, en un contexto donde la relación entre ambos partidos en San Luis Potosí sigue marcada por tensión, conveniencia y cálculo electoral.
Rita Ozalia Rodríguez llegó con el peso formal de Morena. Ricardo Gallardo llegó con el peso material del poder. Y junto a él aparecieron sus dos operadores más visibles: Héctor Serrano, hoy jefe político de facto del Congreso, y Guadalupe Torres Sánchez, secretario general de Gobierno. No fue una fila casual: fue una escolta política.
La escena tenía una contradicción central: mientras desde el discurso nacional se hablaba de desterrar el nepotismo de la política, en la plaza potosina el bloque verde ocupaba el centro visual de una alianza donde la sucesión de 2027 sigue teniendo nombre, apellido y parentesco incómodo. Pulso incluso subrayó esa tensión entre el mensaje presidencial y los primeros planos del poder verde local.
El dato más revelador no fue quién habló, sino quién apareció.
Sánchez Zumaya llegó como figura fuera de libreto. Apenas días antes, Rita Ozalia había advertido que si el empresario huasteco usaba el nombre de Morena para promocionarse podría incurrir en actos anticipados de campaña. Su presencia en la plaza, por tanto, no fue una adhesión tersa: fue una irrupción. Un recordatorio de que Morena no controla del todo a quienes quieren colgarse de su marca.
Ahí está la primera clave: Morena tiene dirigencia, pero no necesariamente disciplina. Tiene membrete nacional, pero en San Luis Potosí le falta aparato territorial. Tiene aspirantes, pero no todos reconocen conducción. Y cuando un personaje señalado como oportunista llega a pararse junto a los símbolos de la 4T, el mensaje interno es brutal: cualquiera cree que puede entrar a la sucesión por la puerta del tumulto.
La segunda clave está en Gallardo. El gobernador no fue a pedir permiso. Fue a exhibir que sin el Verde no hay operación electoral suficiente para 2027. Su mensaje reciente ha sido insistente: Morena y Verde tendrían que ir juntos, pero también ha dejado claro que el Verde puede competir solo si hace falta.
La tercera clave es Rita. Su papel es delicado: debe defender la identidad de Morena sin romper con el poder estatal que hoy sostiene buena parte del andamiaje de la 4T potosina. Si se acerca demasiado al Verde, se diluye. Si se aleja demasiado por ahora, se queda sin músculo. Si permite que Sánchez Zumaya use la marca, pierde autoridad. Si lo confronta, abre una guerra interna que ya existe de facto en baja intensidad.
Por eso el evento “desorganizado” pudo haber sido más revelador que uno perfectamente producido. En la política mexicana, el desorden también comunica. La mala logística deja ver jerarquías reales: quién llega con gente, quién llega con escolta, quién llega solo, quién incomoda, quién se impone sin hablar.
Incluso el testigo silencioso de esa “fiesta” descontrolada fueron la Plaza de Armas y sus alrededores que terminaron sucios y con sillas tiradas, nadie se hizo responsable final de su convocatoria.
El fondo es claro: San Luis Potosí ya entró en fase preelectoral abierta. El 2027 no empezó con una encuesta ni con una convocatoria formal. Empezó en una plaza, con tres proyectos ocupando el mismo espacio y fingiendo que estaban ahí por la misma causa.
El problema para Morena es que la plaza mostró una verdad incómoda: la marca nacional es suya, pero el control de la escena todavía parece verde.
Y el problema para el Verde es otro: mientras más ocupa el primer plano, más difícil le será convencer de que la alianza es pareja y no subordinada.
La Plaza de Fundadores no fue un festejo.
Fue un ensayo general de ruptura.



