El futuro político del 2027. No comenzará en las urnas

LA VERDAD Y EL CAMINO

Por:Aquiles Galán

Hablar de las elecciones de 2027 parece prematuro. Pero en realidad, las elecciones no comienzan el día de la votación; empiezan en la conversación pública que permitimos hoy.

México —y particularmente nuestros estados— atraviesa una crisis de gobernabilidad que ya no sorprende a nadie. Inseguridad que se normaliza, decisiones públicas que parecen improvisadas y partidos políticos más ocupados en sobrevivir internamente que en representar externamente. Pero hay una pregunta incómoda que rara vez nos hacemos:

¿Cuánto de esta crisis también es nuestra? Porque no toda crisis política nace en el poder; muchas se sostienen en la indiferencia.

Hemos convertido la relación con la política en algo transaccional y distante. Esperamos resultados inmediatos, pero participamos de forma esporádica. Exigimos cambios, pero rara vez construimos procesos. Criticamos a los partidos —con razón— pero no generamos alternativas ni presión constante para que evolucionen.

Y así, la política se vuelve un espacio que otros ocupan… mientras nosotros observamos.

Lo paradójico es que esta desconexión convive con una generación de jóvenes altamente productiva. Jóvenes que estudian, trabajan, emprenden, se capacitan, dominan herramientas digitales y entienden el mundo con mayor velocidad que cualquier generación anterior. Pero también es una generación cansada.

Cansada de promesas recicladas, de liderazgos que no representan y de discursos que no se traducen en oportunidades reales.

Ahí aparece una tensión silenciosa: el éxito rentable contra el éxito personal. Nos enseñaron a perseguir estabilidad económica individual —lo cual es válido—, pero pocas veces se nos habló de construir bienestar colectivo. El resultado es una cultura donde la ambición deja de ser motor social y se vuelve refugio privado. Donde triunfar significa “salir adelante yo”, aunque el entorno permanezca igual o peor. No es egoísmo generacional; es supervivencia aprendida.

Pero cuando la política se reduce únicamente a intereses individuales, la ciudadanía se fragmenta y el bien común se vuelve un concepto decorativo. Por eso 2027 no se va a definir únicamente en las urnas. Se va a definir en el tipo de ciudadanía que decidamos ser desde hoy.

Y eso implica algo más incómodo que votar: prepararnos para participar con criterio. No basta con indignarse cuando algo sale mal ni entusiasmarse cuando algo suena bien. La participación ciudadana real exige información, diálogo y constancia. Exige entender que la política no es un evento que ocurre cada tres o seis años, sino un entorno que influye todos los días en lo que estudiamos, en lo que pagamos y en lo que podemos —o no— construir.

Los partidos atraviesan crisis internas, sí. Pero también atraviesan una crisis de exigencia externa. Cuando la ciudadanía deja de cuestionar, los partidos dejan de evolucionar. Cuando la participación se vuelve mínima, la representación se vuelve cómoda. Y cuando lo público deja de interesarnos, lo privado termina gobernándolo todo.

Ahí es donde la juventud tiene un papel que no puede delegar. No porque “sea el futuro”, sino porque ya es el presente productivo del país. Jóvenes que sostienen economías familiares, que generan proyectos, que innovan, que estudian de noche y trabajan de día. Una generación que produce más de lo que se le reconoce, pero que recibe menos de lo que necesita en estímulos, oportunidades y confianza institucional.

Sin embargo, el cansancio colectivo ha empujado a muchos a refugiarse en metas individuales: estabilidad propia, ingresos propios, éxito propio. Y aunque no hay nada reprochable en buscar bienestar personal, una sociedad no se transforma cuando cada logro se queda aislado.

El éxito que solo sirve a quien lo obtiene termina siendo rentable, pero no necesariamente significativo. Prepararse profesionalmente es una inversión personal. Prepararse cívicamente es una inversión social y ambas deberían caminar juntas.

Quizá la pregunta no es quién va a aparecer en las boletas dentro de unos años, sino qué tan preparados estaremos nosotros para decidir algo más que un nombre. Porque una ciudadanía informada no solo elige candidatos; elige rumbos, exige resultados y entiende consecuencias.

La política cambia cuando la relación con ella cambia. Cuando deja de ser un espectáculo que vemos desde el celular y se convierte en una conversación que sostenemos en la vida diaria. Cuando dejamos de preguntarnos ¿quién va a gobernar? y empezamos a preguntarnos ¿cómo queremos que se gobierne?

Si algo debería empezar antes de 2027 no es una campaña, es una cultura de participación que no dependa del enojo momentáneo ni de la esperanza efímera, sino de la convicción constante de que lo público también nos pertenece.

Porque al final, las urnas solo cuentan votos. Pero la ciudadanía define el valor de esos votos mucho antes de depositarlos

Compartir ésta nota:

Facebook
Twitter
LinkedIn
WhatsApp