El Radar por Jesús Aguilar
El nuevo síntoma de la política potosina no llegó montado en una idea, sino en camiones, templetes, lonas, operadores, fotografías calculadas y dinero suficiente para intentar confundir una concentración con un movimiento. Pero como si fuera un “deepfake” de IA, hay un perverso montaje que solo se puede lograr con carretadas de dinero.
Incluso con millonarios gastos “regalando” ir al mundial.
¿Bajo qué marco legal, con qué recursos y licencias?
El empresario obsesionado con convertirse en político Gerardo Sánchez Zumaya quiere que San Luis Potosí crea que está viendo nacer un liderazgo popular.
Pero lo que se alcanza a mirar, si uno aparta el humo de la pirotecnia, es algo bastante más viejo: el intento de convertir una fortuna bajo sospecha en músculo político; de transformar señalamientos incómodos en aplausos rentados; de disfrazar con filantropía lo que huele a operación anticipada.
No es cualquier personaje. Sánchez Zumaya ha sido señalado por medios nacionales y locales por su relación con contratos con Pemex a través de PetroGesa, redes empresariales cuestionadas y vínculos políticos con actores de la llamada trama tabasqueña.
En trabajos previos de este Radar se documentó su cercanía con figuras de Morena y el crecimiento acelerado de su presencia pública bajo el paraguas de Fundación GESA.
El punto no es menor: cuando un empresario señalado por presuntas irregularidades alrededor del dinero público decide recorrer el estado como si ya estuviera en campaña, la pregunta deja de ser política y se vuelve duda absolutamente razobable.
¿Cómo financia esa maquinaria? ¿Con qué reglas compite? ¿Qué autoridad revisa el origen de ese gasto? ¿Dónde termina la fundación y dónde empieza la ilegalidad?
El fin de semana pasado Sánchez Zumaya dejó una postal reveladora. Dos eventos, cerca de 2 mil 500 personas, y en Rioverde, durante el segundo, una escena conocida por cualquier reportero de provincia: asistencia inducida, movilización organizada, presencia territorial artificial.
No necesariamente pueblo; más bien logística.
No necesariamente adhesión; más bien acarreo.
No necesariamente liderazgo; más bien brote fabricado.
Ahí está el quid: Sánchez Zumaya no está creciendo; está siendo inflado con dinero cuestionado.
Y esa diferencia importa. Porque una cosa es que una figura conecte con ciudadanos y otra muy distinta es que, con carretadas de dinero, fabrique plazas, compre presencia, invada redes, financie campañas negras y pretenda vender como entusiasmo social lo que en realidad parece operación de poder.
La ofensiva contra Rita Ozalia Rodríguez, dirigente estatal de Morena, también debe leerse en esa clave. No como pleito aislado ni como espontánea inconformidad interna, sino como parte del fuego amigo que busca debilitar a quien representa un obstáculo real para quienes pretenden entrar a Morena por la puerta de servicio, con dinero, presión y ruido digital.
Algunos apuntan ya a que Sánchez Zumaya, aunque anda vestido indistíntamente de guinda, ni siquiera tiene un registro formal como militante morenista, pero ése no es su único problema.
La bomba de tiempo para Sánchez Zumaya es que el contexto nacional empezó a cambiar. La renuncia de su presunto amigo y compinche Andrés Manuel “Andy” López Beltrán a la Secretaría de Organización de Morena para buscar una diputación federal por Tabasco abrió una lectura inevitable: el clan político- empresarial que durante años operó con comodidad hoy busca reacomodo, protección y ruta propia. Medios nacionales han documentado ese movimiento y la posibilidad de que “Andy” use la candidatura como relanzamiento político desde Tabasco.
A eso se suma otro dato incómodo: la discusión sobre una Comisión de Verificación de Integridad para revisar perfiles de candidatos rumbo a 2027. La propuesta ha generado dudas legítimas por el riesgo de uso político, pero también coloca sobre la mesa una pregunta elemental: ¿deben llegar a las boletas personajes con fortunas inexplicadas, expedientes turbios o vínculos bajo sospecha?
Sánchez Zumaya quiere jugar antes de que existan reglas. Quiere correr la carrera cuando todavía no ha empezado formalmente el partido. Quiere posicionarse antes de que alguien pregunte de dónde viene el combustible de esa maquinaria.
Y quizá por eso corre tanto.
Porque si Morena endurece filtros, si las investigaciones nacionales avanzan, si el caso Tabasco se vuelve más incómodo y si la narrativa anticorrupción de la 4T necesita un sacrificio ejemplar para recuperar credibilidad, el empresario huasteco podría pasar de aspirante inflado a expediente políticamente tóxico.
San Luis Potosí debe mirar con cuidado. No todo mitin es pueblo. No toda fundación es altruismo. No toda fortuna es éxito. No toda campaña “negra” refleja enojo ciudadano.
Y no todo el que reparte despensas, paga camiones o llena salones merece ser llamado líder.
A veces el dinero compra ruido.
A veces compra foto.
A veces compra aplauso.
Pero no siempre alcanza para comprar legitimidad ese es el gravísimo lastre de Sánchez Zumaya que al parecer, no tiene nada importante, al menos a largo plazo, en qué gastar…