El nacionalismo de emergencia

El Radar

Por Jesús Aguilar

El discurso cambió de tono.

Ya no fue la presidenta celebrando una victoria electoral, inaugurando una obra o defendiendo una política pública. Lo que apareció este fin de semana en el Monumento a la Revolución fue algo distinto: una jefa de Estado hablando como quien siente que se aproxima una tormenta.

Y cuando los gobiernos empiezan a hablar más de amenazas externas que de fortalezas internas, normalmente no estamos frente a una etapa de expansión política. Estamos frente a una etapa de contención.

Porque detrás de la palabra soberanía comenzó a asomarse otra palabra mucho más delicada: vulnerabilidad.

La narrativa construida desde Palacio Nacional sostiene que existe una ofensiva política, mediática y judicial desde sectores estadounidenses que buscan influir en el futuro político mexicano. La hipótesis es clara: acusaciones, investigaciones y procesos judiciales terminarían convirtiéndose en herramientas de presión electoral.

El problema es que la discusión ya no gira solamente alrededor de si Estados Unidos pretende intervenir.

La pregunta más incómoda es otra.

¿Por qué un discurso de defensa nacional aparece justamente cuando comienzan a acumularse señalamientos sobre presuntos vínculos entre estructuras políticas mexicanas y organizaciones criminales?

Porque una cosa es denunciar injerencias extranjeras.

Y otra muy distinta es utilizar el concepto de soberanía como escudo narrativo frente a expedientes que todavía no terminan de abrirse.

En las últimas semanas se han multiplicado referencias a investigaciones, acusaciones y procesos relacionados con figuras políticas de Sinaloa, incluyendo menciones al entorno del gobernador Rubén Rocha Moya y a exfuncionarios de seguridad. La presión pública ha crecido conforme avanzan procedimientos en cortes estadounidenses.

Eso explica parte del endurecimiento discursivo.

Porque el gobierno enfrenta un dilema extremadamente complejo.

Si rechaza cualquier señalamiento proveniente de Washington, corre el riesgo de parecer encubridor.

Si acepta colaborar sin reservas, abre la puerta a que expedientes judiciales extranjeros impacten directamente la vida política mexicana.

El punto de tensión está ahí.

No en la bandera.

No en los discursos.

No en las consignas.

Sino en la colisión entre justicia, geopolítica y supervivencia política.

La verdadera preocupación del oficialismo parece no ser únicamente lo que Estados Unidos sabe.

Sino lo que eventualmente pueda probar.

Y sobre todo, a quiénes podría alcanzar.

Por eso el tono fue tan distinto.

Por eso apareció la idea de que jueces extranjeros podrían terminar influyendo en decisiones nacionales.

Por eso comenzó a construirse una narrativa preventiva donde el riesgo ya no es solamente el crimen organizado, sino también la posibilidad de que las acusaciones se conviertan en factores electorales.

Pero aquí surge el contraste que ningún gobierno puede esquivar.

La soberanía no solamente se pierde cuando otro país intenta intervenir.

También se erosiona cuando el Estado deja espacios vacíos que terminan ocupando poderes paralelos.

Y esa discusión lleva años instalada en México.

Académicos, organismos civiles y especialistas han documentado regiones donde grupos criminales ejercen funciones de control territorial, económico o político que deberían pertenecer exclusivamente al Estado.

Esa es la contradicción central de este momento.

El gobierno habla de defender la soberanía frente al exterior.

Mientras el país sigue teniendo enormes desafíos para ejercer plenamente esa misma soberanía hacia adentro.

Lo que vimos este domingo pudo haber sido un acto de fortaleza política.

O el inicio de una estrategia de blindaje narrativo.

La diferencia entre una cosa y otra la determinarán los hechos que aparezcan en las próximas semanas.

O el latente riesgo de que no solo hablemos de Sinaloa, un lugar común, “aceptado” por todos como la cuna de la narcocultura nacional, sino que ya los señalamientos y ligas realmente aterricen en secretarios de estado, otros gobernadores e incluso el primer círculo del ex presidente López Obrador.

Porque cuando un gobierno comienza a prepararse para responder preguntas que todavía no han sido formuladas públicamente, normalmente es porque sabe que alguien está a punto de hacerlas.