Morena dejó de pedir permiso
Por Jesús Aguilar
Algo cambió en Morena San Luis Potosí.
Y no fue solamente el tono.
Fue la ambición.
Durante años, el morenismo potosino vivió atrapado entre dos contradicciones: tener el respaldo de la marca política más poderosa del país… y al mismo tiempo carecer de una estructura estatal verdaderamente dominante. Mucho voto presidencial. Poco músculo local. Mucha narrativa nacional. Escasa operación territorial propia.
Eso empezó a modificarse.
Porque mientras buena parte de la oposición sigue discutiendo candidaturas, pleitos internos o nostalgias de otro sexenio, Morena comenzó a mover piezas más profundas: organización, narrativa institucional, reforma electoral y construcción de legitimidad rumbo al 2027.
Ahí entra Rita Ozalia Rodríguez.
Y guste o no guste dentro o fuera de Morena, hoy es imposible negar que su grupo político dejó de actuar como acompañante y empezó a comportarse como un proyecto que quiere disputar seriamente el poder estatal.
Las señales están por todas partes.
La más reciente ocurrió apenas ayer, cuando Morena presentó un paquete de propuestas de reforma electoral que no sólo busca modificar reglas técnicas: busca construir identidad política y narrativa de poder.
Revocación de mandato para la gubernatura.
Filtros para evitar simulaciones de género en candidaturas.
Límites salariales para autoridades electorales.
Restricciones contra financiamiento ilícito.
Reducción de estructuras administrativas.
Más recursos etiquetados para juventudes, mujeres y grupos históricamente subrepresentados. (Astrolabio)
Eso no es casual.
Porque Morena entendió algo que en política suele ser decisivo: quien logra apropiarse del discurso de “reforma democrática” normalmente gana una ventaja moral frente a sus adversarios.
Y ahí Rita Ozalia está intentando construir exactamente eso: la idea de un Morena que no sólo quiere ganar elecciones, sino redefinir las reglas del juego político potosino.
Hay una lectura todavía más importante.
La propuesta de regular la autoadscripción de género llega después del enorme desgaste público que dejaron las candidaturas polémicas del proceso anterior. (Astrolabio) Morena detectó que existe un segmento social que ya no quiere solamente discursos progresistas abstractos; quiere mecanismos concretos para evitar simulaciones políticas disfrazadas de inclusión.
Es una jugada delicada.
Pero políticamente inteligente.
Lo mismo ocurre con la revocación de mandato.
En apariencia es una bandera de participación ciudadana. Y sí, parcialmente lo es. Pero también funciona como narrativa de legitimidad popular permanente: el gobernante debe vivir bajo evaluación constante del pueblo. Ese es el ADN discursivo del obradorismo y ahora Rita Ozalia intenta territorializarlo en San Luis Potosí.
Y mientras eso sucede, la oposición sigue reaccionando tarde.
El PRI administra supervivencia.
El PAN continúa atrapado entre grupos, cálculos y liderazgos que todavía no terminan de conectar emocionalmente con el electorado. Incluso ayer en una insípida rueda de prensa liderada por Verónica Rodríguez, Senadora y dirigente estatal panista, destapó nombres para la candidatura de la alcaldía sin grandes sorpresas, a excepción de la confirmación de la intención de Rubén Guajardo. Sobre Marcelo de los Santos Anaya y David Azuara los “otros perfiles” que mencionó, ya tendremos espacio para desmenuzar.
Finalmente Movimiento Ciudadano intenta construir espacio, pero todavía sin volumen suficiente y con liderazgos que no resuenan.
Morena, en cambio, ya comenzó la etapa más peligrosa para sus adversarios: la de consolidación territorial silenciosa.
Comités.
Militancia.
Operación.
Presencia municipal.
Discurso unificado.
Construcción de agenda pública.
No es espectacular, pero es por fin para su causa, un golpe de autoridad que no se había visto y sentido en los previos de las elecciones anteriores.
Porque las elecciones modernas ya no se ganan únicamente con candidatos carismáticos. Se ganan con capacidad de instalar temas, controlar conversación pública y presentarse como un presente real e inevitable con firmeza hacia el futuro.
Ayer quedó todavía más claro con otro movimiento quirúrgico: la redefinición de la llamada “paridad histórica”, que en los hechos aplaza hasta 2033 la obligación de alternancia obligatoria en candidaturas a la gubernatura.
Traducido al idioma real de la política: Morena no quiere llegar debilitado ni condicionado a la elección más importante del estado.
Quiere llegar competitivo.
Porque detrás del discurso técnico, jurídico y parlamentario, lo que empieza a asomarse es otra cosa:
Un partido que dejó de pedir permiso para convertirse en protagonista del futuro político potosino.