EL TRABAJO QUE YA CAMBIÓ… Y MÉXICO QUE AÚN NO

El Radar

Por Jesús Aguilar

No es un tema del futuro.
Es un tema del presente… que nos alcanzó antes de que estuviéramos listos.

Mientras en el mundo la conversación gira en torno a inteligencia artificial, automatización, trabajo híbrido y economías del conocimiento, en México seguimos atrapados en una lógica laboral del siglo pasado: jornadas largas, baja productividad, capacitación limitada y una educación que no dialoga con el mercado real.

Ahí está el primer dato incómodo:
México es uno de los países que más horas trabaja… y uno de los que menos produce por hora en la OCDE. No es un tema de esfuerzo, es un problema estructural.

Y mientras tanto, la ola ya llegó.

De acuerdo con diversos análisis internacionales, cerca del 40% de los empleos actuales en América Latina podrían transformarse radicalmente en esta década. No necesariamente desaparecer… pero sí cambiar de fondo. Lo que hoy haces, en cinco años se hará distinto, con otras herramientas o simplemente dejará de tener valor.

Ahí entra el punto crítico:
no estamos perdiendo empleos… estamos perdiendo pertinencia.

Las empresas empiezan a buscar habilidades que el sistema educativo no está generando: pensamiento crítico, adaptabilidad, manejo de tecnología, comunicación efectiva, inteligencia emocional. Y eso abre una brecha peligrosa: no entre ricos y pobres… sino entre los que pueden adaptarse y los que no.

Y esa brecha, si no se atiende, se convierte en un problema político.

Porque el empleo —o la falta de él— siempre termina pasando por las urnas.

Un país que no logra reconfigurar su fuerza laboral, que no capacita a su gente para el nuevo entorno, que no incentiva la innovación ni la productividad, es un país que empieza a generar frustración social. Y la frustración, en política, es combustible puro.

Aquí es donde el tema deja de ser técnico… y se vuelve estratégico.

¿Qué están haciendo los gobiernos?
Poco, fragmentado y muchas veces reactivo. Programas de apoyo que alivian el presente, pero no construyen el futuro. Iniciativas de capacitación que no escalan. Discursos que hablan de bienestar, pero no de competitividad.

Y mientras tanto, el mundo avanza.

Empresas globales están redefiniendo sus estructuras, eliminando capas burocráticas, apostando por talento flexible, remoto, altamente especializado. El trabajo ya no es un lugar… es una capacidad.

México, en cambio, sigue defendiendo esquemas rígidos.

El riesgo no es menor:
si no entendemos este cambio, no sólo perderemos empleos… perderemos relevancia como país en la economía global.

Y aquí viene lo más delicado —y lo más útil para leer lo que viene—:

este tema ya está en el Radar electoral.

Porque quien logre entender, explicar y proponer soluciones reales al futuro del trabajo —no con discurso, sino con política pública concreta— tendrá una ventaja narrativa enorme hacia 2027 y 2030.

No se trata de prometer más empleos.
Se trata de entender qué empleos van a existir… y preparar a la gente para ellos.

Las instituciones públicas deberían ya estar trabajando de forma contundentemente en el desarrollo de las habilidades suave, liderazgo, inteligencia artificial, creatividad, manejo de conflicto y muchas más.

La formación de criterios, de entendimiento de la realidad es elemental para alimentar los nuevos recursos que hay.

Porque el trabajo ya cambió.

La pregunta es si México va a cambiar con él…
o si va a volver a llegar tarde.

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