El Radar por Jesús Aguilar
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Hay momentos en que la política no presenta candidatos. Presenta mensajes.
Y el mensaje que encarna hoy el diputado local de MORENA, Emilio Rosas Montiel, no está en lo que ha dicho. Está en lo que su aparición obliga a entender.
Porque su destape —aunque él mismo se resista a nombrarlo así— no es todavía una candidatura. Es una prueba de fuerza. Y también una prueba de realidad.
No sobre él.
Sobre el tipo de decisiones que Morena está dispuesto a tomar en San Luis Potosí.
DECIDIR
Cuando alguien levanta la mano sin decir que la levanta
En una entrevista directa que me concedió ayer en MG Noticias, Emilio Rosas Montiel no confirmó su aspiración, pero tampoco la negó. Haciendo de su juventud un accesorio sin usar y contestando como viejo político colmilludo.
“No es momento de candidaturas, ahorita es momento de trabajo… de ponernos a disposición de la dirigencia para fortalecer los trabajos de territorio en todas las colonias, en todos los mercados, tener contacto con la ciudadanía.”
Sin embargo la entrevista tuvo lugar como un seguimiento a un evento donde “lo destaparon” puros foráneos y cuadros de base de Morena que controla Rita Ozalia como aspirante a la alcaldía capitalina.
Es la negación formal de una candidatura acompañada de todos los elementos prácticos de una precandidatura.
Más aún, cuando le pregunté directamente si buscaría la alcaldía, dejó ver la convicción detrás de la cautela:
“Cuando llegue el tiempo seguramente diré que sí quiero y que seré el mejor alcalde que ha tenido San Luis Potosí, pero ahorita no puedo decirlo.”
No es una declaración menor. Es la afirmación anticipada de un proyecto que ya se asume viable.
Y eso es lo que cambia el análisis.
Porque Emilio Rosas Montiel no es un actor político que haya construido su posición desde el territorio potosino. Su llegada al Congreso fue por la vía plurinominal, sin una base electoral propia en la capital. Su trayectoria pública en el estado es reciente. Su biografía política local está en construcción.
Pero su respaldo político no.
Su posición es también resultado de una arquitectura de apoyos que trasciende lo local.
Por un lado, el vínculo estructural con la Secretaría de Economía, encabezada por Marcelo Ebrard, donde opera su padre, el ex priísta Salomón Rosas, cuya cercanía con el canciller ha sido conocida y sostenida en el tiempo.
Por otro, la gravitación política de la Secretaría de Gobernación, encabezada por Rosa Icela Rodríguez, una instancia donde nada de lo que ocurre dentro de Morena en los estados es ajeno ni espontáneo.
Esto no implica necesariamente una candidatura decidida.
Pero sí implica algo más importante: una candidatura posible.
Y eso, en política, es el verdadero punto de partida.
Es un mensaje con calambre incluido a los actores que la dirigencia no controla formalmente y que comparten bancada con él.
Dentro de Morena, Emilio Rosas Montiel no es el único que ha levantado la mano.
Está el diputado local Cuauhtli Badillo, con mayor presencia territorial y una carrera construida desde la militancia. Y está el ex superdelegado y ex dirigente estatal de Morena, Gabino Morales, cuya reciente advertencia pública fue todo menos casual:
Morena, dijo, no puede volver a postular candidaturas que nazcan derrotadas.
El mensaje es claro: la candidatura no debe construirse desde el escritorio, sino desde la viabilidad.
En ese contexto, Emilio Rosas Montiel ofrece una narrativa distinta. No basada en una trayectoria política local prolongada, sino en su capacidad de articulación y en sus vínculos.
Él mismo lo reconoce implícitamente al explicar lo que puso sobre la mesa en su reciente evento político:
“Puse todos mis activos sobre la mesa… en cuanto a relación con… y también en cuanto a trabajo territorial.”
La frase es profundamente reveladora.
Porque en política, los activos no son sólo los votos que se tienen. También son los respaldos que se poseen.
Y en ese terreno, su fortaleza es distinta a la de sus competidores internos.
Mientras Badillo representa el arraigo de un sector que ya se acomodó en el poder, y Morales representa la estructura histórica del movimiento que respinga limitado porque ya no tiene lugar, Rosas Montiel representa la conexión con un eje político nacional.
Eso puede ser una ventaja.
O puede ser un riesgo.
Todo depende de la pregunta central que Morena tendrá que responder.
No quién puede ser candidato.
Sino quién puede ganar.
Porque enfrente no estará una candidatura improvisada. Estará el proyecto del Partido Verde, que perfila como su principal carta a Juan Carlos Valladares, un perfil con integración territorial, estructura y respaldo del grupo político que hoy gobierna el estado y algo esencial que no tiene Emilio, arraigo real a la potosinidad.
Morena no competirá contra una persona. Competirá contra un sistema político y de alcances profundos en todos los estratos de la sociedad.
Y eso exige algo más que aspiraciones.
Exige decisión estratégica.
Emilio Rosas Montiel no es todavía candidato.
Pero su aparición ya es una señal.
Una señal de que Morena enfrenta una decisión de fondo: si su candidatura a la alcaldía de San Luis Potosí será el resultado de una construcción territorial o de una definición política nacional.
Ambas rutas son legítimas.
Pero tienen consecuencias distintas.
Porque cuando una candidatura nace del territorio, representa a una comunidad.
Cuando nace de una estructura, representa a un proyecto.
Y Morena tendrá que decidir cuál de las dos cosas necesita más.
Porque en política, los tiempos siempre revelan algo.
Y este tiempo, más que revelar a un candidato, está revelando al partido.
La pregunta ya no es si Emilio Rosas Montiel quiere ser alcalde.
La pregunta es si Morena quiere que lo sea.
Y sobre todo, si esa decisión acerca al partido al poder.
O lo aleja de él.