FEINMANN: EL MICRÓFONO NO LAVA LA MISERIA

El Radar por Jesús Aguilar

Al periodista argentino Eduardo Feinmann no solo le falló la lengua.

Le falló el oficio. Y después perdió el sentido común.

Primero difundió una versión sin pruebas sobre supuestas amenazas del narco mexicano a jugadores de Ecuador. Tan grave fue la ligereza que la propia presidenta Claudia Sheinbaum tuvo que salir en la mañanera a desmentirlo: dijo que esas versiones eran “absolutamente falsas”. Es decir: una mentira nacida en un micrófono argentino terminó escalando hasta el atril presidencial de México.

Luego, cuando México quedó eliminado ante Inglaterra, se permitió decir que “detesta” a los mexicanos, burlarse del “ahorita” y reducir a un país entero al tamaño de su resentimiento.

Ahí está el volumen de su carencia de todo.

Porque un micrófono no es una cantina.

No es un diván para complejos nacionales.

No es licencia para escupir prejuicios con rating.

Quien tiene un micrófono no solo habla: amplifica.

No solo opina: instala atmósferas. No solo se equivoca: puede contaminar la conversación pública.

Feinmann no hizo periodismo. Hizo ruido con pretensiones de superioridad.

Y eso debe decirse con todas sus letras: ningún comunicador serio acusa sin probar, insulta sin medir, generaliza sin pensar ni degrada a millones de personas para hacerse el bravo en televisión.

La libertad de expresión no exonera de la responsabilidad. La opinión no autoriza la xenofobia. El futbol no convierte la estupidez en análisis.

Se puede criticar a México. Se puede decir que la Selección falló. Se puede celebrar a Argentina. Se puede bromear, picar, incomodar. El futbol también vive del veneno elegante y del pique. Pero una cosa es la rivalidad y otra muy distinta es usar el micrófono para enseñar la pobreza interior.

Lo más triste es que actitudes así dejan jodido también al pueblo argentino. No porque Argentina sea Feinmann; al contrario, Argentina es demasiado grande para caber en un gritón de estudio. Pero cada vez que uno de sus voceros confunde pasión con arrogancia, empuja al mundo a mirar a los argentinos no por su cultura, su talento, su literatura, su futbol o su historia, sino por ese ego inflado que los vuelve caricatura de sí mismos.

Argentina no necesita eso. Es un país hermano con amnesia colectiva selectiva de su espíritu latinoamericano.

Además, Argentina ya tiene bastante con sobrevivir a sus crisis, a sus fanfarrones, a sus mesías de ocasión y a esa vieja enfermedad de sentirse campeona hasta cuando necesita que el árbitro la rescate.

Y sí, después de escuchar a Feinmann hablar de México, como si todos los triunfos ajenos necesitaran sospecha, resulta curioso ver el Argentina–Egipto de este martes.

A Egipto le anularon un gol decisivo, reclamó penales no revisados y terminó fulminado en una remontada rodeada de dudas. No hace falta afirmar amaños. Basta mirar la ironía: algunos ven conspiraciones cuando gana México, pero llaman épica cuando las sombras favorecen a Argentina.

Esa es la diferencia.

México no necesita inventar amenazas para explicar un partido. No necesita insultar a un pueblo para defender una camiseta. No necesita sentirse superior para tener dignidad. México puede perder, dolerse, levantarse y seguir siendo México.

Argentina sin duda tiene futbol. México tiene futból y país.

Argentina presume copas. México tiene un brindis generoso que  carga toda una civilización.

Argentina grita desde el ego. México responde con coraje desde la memoria y la congruencia.

Y el micrófono, cuando se ejerce con decencia, no sirve para odiar al otro.

Sirve para demostrar quién tiene clase incluso cuando le duele.

Así, que ánimo Feinmann, sigue vociferando, ojalá que un día te des cuenta que esta histórica sobre excitación ególatra del argentino, ya no es una gracia transgeneracional, es un lastre para la congruencia, la integridad y la trascendencia real de todo un país que merece ser mucho más que una feligresía burda de la pelota.