GALINDO, LA FICHA FIJA DEL TABLERO

El Radar

Por Jesús Aguilar

El reciente anuncio del Partido Acción Nacional de abrir sus candidaturas a gubernaturas rumbo a 2027 a perfiles externos no es un gesto menor ni un simple ajuste estatutario. Es una señal política deliberada que revela que el PAN ha decidido adelantar la partida y cambiar la forma en la que se juega la sucesión en varios estados del país. No habla sólo de candidatos. Habla de poder, de contrapesos y de una lectura clara del momento político que atraviesa México.

En un contexto nacional donde el oficialismo mantiene fuerza institucional pero comienza a mostrar desgaste en la conversación pública, el PAN opta por una estrategia pragmática. Reconoce que las estructuras partidistas, por sí solas, ya no garantizan competitividad. La militancia dejó de ser un activo automático y la marca partidista ya no arrastra como antes. En ese escenario, abrir la puerta a figuras con capital social propio es menos una concesión ideológica y más una apuesta de supervivencia política.

El concepto de adelantarse es central. Posicionar nombres con anticipación no sólo genera visibilidad, también ordena el tablero y obliga al resto de los actores a reaccionar. En la política contemporánea, quien logra imponer la conversación antes de que arranque formalmente el proceso suele llegar con ventaja simbólica. El PAN parece haber entendido que la elección de 2027 se empezará a disputar mucho antes de las campañas.

En este marco, el caso de Enrique Galindo Ceballos en San Luis Potosí no sólo es relevante, es paradigmático. Galindo ya le ganó dos veces seguidas al PAN la capital potosina, y lo hizo no desde la obediencia partidista, sino desde un liderazgo construido con base en resultados, narrativa propia y control territorial. Paradójicamente, ese éxito fue también el origen de la ruptura. El PAN no sólo lo perdió como activo político, lo expulsó del sistema interno y lo empujó a un tránsito forzado por el PRI, donde terminó “rejuntado” más por necesidad coyuntural que por identidad política.

Ese episodio explica buena parte del momento actual. Galindo no es un panista tradicional, pero tampoco es un improvisado ni un actor prestado. Es, hoy por hoy, el único poder político real en San Luis Potosí con resultados visibles, estructura operativa y un proyecto de gobierno claramente alterno al modelo dominante del Ricardo Gallardo Cardona y su entorno verde. En un estado donde el gallardismo ha concentrado recursos, narrativa y control institucional, Galindo representa la única experiencia probada de gobierno urbano que ha logrado sostenerse, crecer y disputar la conversación pública sin alinearse al oficialismo estatal.

Por eso su eventual reencuadre en la lógica del PAN no debe leerse como un simple regreso, sino como un reconocimiento tardío de la realidad política. El PAN nacional parece asumir que, más allá de agravios pasados y disputas internas, hoy no existe otro perfil con la capacidad real de encabezar una oposición competitiva en San Luis Potosí. No porque sea perfecto, sino porque es el único que ya demostró que puede ganar, gobernar y mantenerse.

Pero esta reflexión abre una segunda puerta que el propio anuncio del PAN deja entreabierta. Si la lógica es la competitividad y no la militancia, entonces el escenario no se limita al blanquiazul. Aquí es donde Movimiento Ciudadano entra a la ecuación como un actor con potencial disruptivo. MC ha construido su narrativa nacional precisamente desde la idea de ser refugio de perfiles ciudadanos, de liderazgos locales con identidad propia y de proyectos que buscan desmarcarse tanto del oficialismo como de los partidos tradicionales.

En San Luis Potosí, un liderazgo como el de Galindo —con resultados, posicionamiento urbano y discurso de gestión— encaja de forma natural en esa lógica. Movimiento Ciudadano no carga con los agravios del pasado, no tiene cuentas pendientes con su trayectoria y podría ofrecerle una plataforma sin el peso histórico de las expulsiones y los regresos forzados. Para MC, además, sumar una figura con poder real en un estado clave sería una señal de crecimiento territorial auténtico y no sólo discursivo.

El anuncio del PAN, leído así, no sólo ordena su propia baraja, también sacude al resto de la oposición. Les dice a otros partidos y a otros liderazgos que el tiempo de la espera terminó. Que 2027 no se va a definir en los últimos meses, sino en la capacidad de construir alternativas creíbles desde ahora. Y en ese proceso, quien logre articular proyecto, estructura y narrativa tendrá ventaja, sin importar el color de la camiseta.

Nada de esto garantiza victorias automáticas. La apertura implica riesgos, resentimientos internos y reacomodos incómodos. Pero el mayor riesgo sería fingir que la realidad no cambió. En San Luis Potosí, la oposición no se reconstruirá desde la pureza partidista, sino desde la eficacia política.

El mensaje de fondo es claro. La oposición decidió moverse antes porque entendió que el poder, cuando no se disputa, se consolida. Y en 2027, más que siglas, lo que estará en juego es si existe o no una alternativa real al modelo dominante. Quien logre encarnar esa alternativa no sólo competirá por una gubernatura. Competirá por devolverle sentido al equilibrio del poder.

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